Crítica de Cine

Duna (2021) Primera Parte – LeerCine

Cuando uno ve Duna se pregunta si se trata de una de las películas más pretenciosas, aburridas y feas de la historia del cine. Al terminar de verla un poco de reflexión lleva a concluir que hay películas más feas, también algunas más aburridas y, aunque no vengan a nuestra mente, es posible que algo más pretencioso que esto haya existido alguna vez. La memoria, que intenta protegernos de las experiencias traumáticas, es posible que nos haya hecho olvidar de esas películas, pero sin duda Duna es de una pretenciosidad difícil de soportar o perdonar. Dos horas y treinta y cinco minutos complicados de llevar, más aún sabiendo que en esos 155 minutos solo nos están contando la mitad de la historia. La película termina en cualquier lugar, porque claramente es media película. En el cine clásico hubiera habido un intermedio y por el precio de la misma entrada hubiéramos visto el resto. Y claro, hubiera durado menos, además de ser más bella y entretenida. Pero no hay más cine clásico, solo cineastas sobrevalorados como Denis Villeneuve.

Duna Primera parte es realmente media película. Cuesta imaginar que alguien quiera algún día volver por más, porque la experiencia es verdaderamente insufrible por donde se la mire. Los admiradores de los libros podrán argumentar lo que quieran, porque seguramente cuánto más larga sea la adaptación, más cosas entrarán. Pero el chiste de toda buena película, y Duna no lo es, está en que no dependa del libro que adapta para ser interpretada o disfrutada. La historia es bastante sencilla, más allá de los detalles y las ideas detrás del guión. En el año 10191 Arrakis, un planeta desértico, feudo de la familia Harkonnen desde hace generaciones, queda en manos de la Casa de los Atreides después de que el emperador ceda a ésta la explotación de las reservas de especia, una de las materias primas más valiosas de la galaxia y también una droga capaz de amplificar la conciencia y extender la vida. El duque Leto Atreides acepta la administración del peligroso planeta aunque sabe que es una trampa. Atreides se dirige a Arrakis, también conocido como Duna, junto a su concubina Bene Gesserit Lady Jessica, su hijo y heredero Paul, además de sus más fieles asesores. La trama política se combina con la religiosa. El misticismo típico de las películas de ciencia ficción aparece acá repitiendo lo que todos conocemos y disfrutamos en docenas de otras películas, aunque aquí no podemos divertirnos, acá todo tiene una gravedad total, carente de humor, suspenso o acción.

Duna tiene algunas referencias a Apocalypse Now. El Barón Harkonnen (Stellan Skarsgård) coquetea con el personaje del coronel Kurtz interpretado por Marlon Brando en el film de Coppola. También hay referencias visuales a Excalibur, Lawrence de Arabia y muchos otros films, aunque en todos los casos los originales son mejores. El timing de cada escena del film de Villeneuve es insólito. Hay una intención de achatar la acción, quitarle nervio, aplanarla y convertirla en un martirio. No hay error alguno, el director lo quiere así y se nota. Las actuaciones tienden a lo mismo. Los actores son muy famosos, así que es evidente que los aplastaron para que vayan con la misma parsimonia de bronce que todo el film tiene. Pero el peor de todos es, como no podía ser de otra manera, el protagonista, que debe cargar sobre sus hombros un personaje que le queda grande, incómodo, poco creíble, fuera de todo lo que él es. Timothée Chalamet puede que tenga algunas buenas actuaciones y no es su culpa el saco que le han puesto aquí. Cargado de gravedad, exento de cualquier simpatía, deambula como un imposible elegido en un mundo de colores apagados, como toda la película.

En 1984 todos coincidieron en que la versión de David Lynch era fallida. Con 137 minutos apenas se podía entender lo que el director había filmado. Aparecieron otras versiones pero nada que hiciera la diferencia. Fallida es una palabra interesante, porque es todo lo contrario a la versión del 2021, al menos en esta primera parte. El film de Villeneuve es cualquier cosa menos fallido. Ha dado en el clavo de todo lo que el director ha querido y todo indica que nadie le puso límites ni le amputó su obra. Y lo irónico es que David Lynch fallido es mucho más interesante, divertido y lleno de hallazgos visuales que este mamotreto hecho tal cual su director soñó. El elenco del film de 1984, también descomunal, se divierte más y logra una química con la historia que acá no existe. Podría haber sido de animación esta nueva versión y no hubiera cambiado nada. Un poco de gracia causa Javier Bardem convertido en el Anthony Quinn del Hollywood actual, pero ese es un mérito dudoso, de todas maneras.

Cuesta creer que la segunda parte traiga algo mejor que esto, al contrario. Habrá que recordar los eventos narrados acá porque es poco atractiva la idea de un repaso. Será también un acto de generosidad pasar por alto las alegorías políticas acerca de la lucha por el petróleo en oriente medio, porque huelen a progresismo culposo plagado de obviedades. Incluso una referencia a la muerte de Ernesto Guevara hace pensar que el director es más irresponsable y banal de lo que uno creía. En cualquiera de los casos, Duna Primera parte promete ser una de las películas más sobrevaloradas de la historia, lo que no sorprende, ya que su director es uno de los realizadores más sobrevalorados que existen.


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