Reseña de ‘Dolor y gloria’: el deslumbrante arte de la autocreación de Almodóvar

En la sublime película “Dolor y Gloria” de Pedro Almodóvar, cada tanto, Salvador Mallo (Antonio Banderas) cierra los ojos y se deja llevar. Salvador, un afamado cineasta español ha perdido el rumbo. Está profundamente deprimido y parece que su cuerpo se ha rendido de forma permanente a sus enfermedades, su espalda adolorida, la migraña, el asma y ataques misteriosos y aterradores de asfixia. Cuando un amigo le ofrece heroína para fumar, Salvador se espabila de inmediato y desaparece. Sus agobiantes dolores dan paso repentinamente a imágenes de su infancia, idilios que iluminan la pantalla como faros en la niebla.

“Dolor y gloria” es una historia de recuerdos y creación, de la juventud y su pérdida, y gira en torno a la idea del arte como autocreación. El suceso detonante que impulsa a Salvador y a la película es la proyección de uno de sus primeros triunfos: una película de la década de 1980 llamada “Sabor”. (Su póster es pertinentemente almodovariano: una boca con una lengua parecida a una fresa que lame sus voluptuosos labios rojos). Preocupado por la proyección, Salvador busca a uno de sus actores, Alberto (Asier Etxeandia), un guapo libertino con hábitos peligrosos y una fascinación por los cráneos. No se han hablado en años, pero caen en una intimidad tan espinosa que es casi de pareja, envueltos en un mutuo estira y afloja, a la vez que se arrancan viejas costras.

La proyección se convierte en una leve farsa, pero despierta algo en Salvador que inicia un pequeño incendio. El rostro sonriente de la muerte pende sobre “Dolor y gloria”, no obstante, pronto nos damos cuenta de que el mayor problema que debilita a Salvador es que es un hombre sin anhelos. Está solo, tiene tiempo sin hacer una película y no parece que vaya a hacer una pronto. Aun así, en medio de su ocio, su deseo de crear (soñar, compartir historias, hacer dramas) permanece intacto. Quizá no esté rodando una película, pero está relatando cómo la mayor parte de su vida es parecida a un melodrama o una comedia o, incluso un ‘thriller’, como en una escena cruda con cuchilladas y sangre.

Uno de los talentos de Almodóvar es su uso transformacional, casi alquímico, de las ideas francas, cómo presenta gestos crudos, ademanes de mal gusto y enredos melodramáticos. Las emociones siguen punzando en esta cinta y los colores brillan como las luces de un semáforo (hay explosiones de señales rojas que marcan el alto y luego el verde que da el pase); la película es tan llamativa visualmente como todas las que ha hecho Almodóvar; sin embargo, la historia está elegantemente estructurada, no amontonada, y su tono es contemplativo, en lugar de frenético; es como si hubiera bajado el volumen. En “Dolor y gloria” pasan muchísimas cosas, solo que no suceden a modo de ritual ni a un volumen estridente. Sus agonías son moderadas, sus arrepentimientos callados, su control poderoso.

Habiendo dicho todo eso, la primera vez que vemos a Salvador está sentado en el fondo de una piscina azul, tan quieto y pesado como un ancla. Parece estar meditando, pero también podría estar ahogándose. Cualquiera que sea el caso, la toma y su incómoda duración (podrías ponerte nervioso contando los segundos) crean una sensación de ansiedad creciente. Salvador se ve muy vulnerable, casi desnudo y con las piernas cruzadas, una cicatriz viva rajada en su torso. Si sigues mirando, te recordará a las imágenes iconográficas de Jesús como el varón de dolores.

Esta introducción podría hundir a un director menos talentoso, pero Almodóvar es casi un virtuoso de los cambios impredecibles y pronto hace un corte a la imagen de un niño en un río donde unas mujeres lavan ropa y empiezan a cantar de improviso una canción melodiosa. La escena, luminosa y brillante, que destella belleza, es la primera de una serie de escenas de la infancia de Salvador, esparcidas a lo largo de la película. Al unirlas, crean un contrapunto nostálgico y emocionalmente vibrante para la odisea austera y solitaria del Salvador adulto. No obstante, aunque parecen imágenes en retrospectiva, son más como ensueños idealizados que recuerdos en bruto. (Asier Flores interpreta a Salvador aproximadamente a los nueve años; Penélope Cruz ilumina la pantalla como su madre Jacinta).

Almodóvar, quien ya es un género en sí mismo, siempre ha utilizado elementos biográficos en sus películas, y es más evidente con protagonistas que son cineastas. (Él afirma que “Dolor y gloria” es la última entrega de una trilogía que incluye “La ley del deseo” y “La mala educación”). En “Dolor y gloria”, la casa de Almodóvar le sirve también a Salvador; Banderas usa parte de la ropa del director y tiene un corte de cabello y una barba similares. Estos gestos biográficos provocadores borran la línea entre la realidad y la representación, pero si se considera esta película como una confesión se pierde de vista la intención de la pieza. La intención es esa parte indefinida, ese espacio intermedio donde florece el arte.

La presencia melancólica de Banderas y su actuación sutil e intricada le aportan mayor profundidad e intensidad al sentimiento, tanto porque atiende impecablemente la dirección de Almodóvar como porque se ve devastado, con muy poco de aquella intensidad febril que es evidente incluso en sus colaboraciones más recientes. (Esta es la octava película que han rodado juntos en las últimas cuatro décadas). Con su mirada desconsolada, su postura encorvada, su silencio y aislamiento autoimpuesto, Salvador parece un hombre en retirada. Sería una imagen de puro pathos si no estuviese claro que Salvador también padece de una aguda vanidad. Cuando un amigo le pregunta a qué se dedicará cuando ya no haga películas, responde: “A vivir, supongo”, bajando y subiendo los ojos con rapidez, como un actor (o un coqueto), atento a la reacción ante una frase matadora.

La crisis de Salvador es real, pero su calidad actoral es un alivio; aligera la pesadez y te da permiso de reír. “Dolor y gloria” puede ser dolorosamente triste, pero sus placeres, sus tintes coloridos y su humor mantienen a la película (y al espectador) en el aire. Para ser un hombre deprimido, Salvador sigue montando un espectáculo alegre, decorado con brochazos de color. Al igual que su casa amueblada con exquisitez, su ropa te recuerda (como lo hace el montaje que da Almodóvar a muchas conversaciones) cómo nos convertimos en actores, nuestros hogares los convertimos en escenarios, y al mundo en el público. El problema con Salvador es que, en algún punto, como sugiere un visitante, su hogar se convirtió en un museo. Bien podría ser su mausoleo.

¿Cómo volver de entre los muertos? Para Salvador, la respuesta llega en oleadas: en las imágenes bruñidas de su niñez, en la pasión de un antiguo amante, en el poder del arte. También se encuentra en su amor por Jacinta, quien, a su edad más avanzada (Julieta Serrano) que la aproxima a la muerte, expresa su repulsión por la ficción autobiográfica y le dice a Salvador que no fue un buen hijo. Es evidente por qué: creció, vivió su vida, se enamoró de un hombre, se volvió artista. Sus decisiones fueron tan imperdonables como ineludibles, pero Salvador escucha y se disculpa. Luego toma el desorden, la intensidad y los placeres sensoriales de la vida como los recuerda y convierte su dolor, y el de ella, en gloria.

*Copyright: c.2019 The New York Times Company

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