Qué pasó en las vísperas del 25 de Mayo de 1810

El 19 de mayo de 1810 era sábado y los círculos políticos opositores al sistema virreinal ardían, tal como lo cuenta un protagonista de los hechos, futuro secretario de Mariano Moreno y quien llegó a ser uno de los hombres más cercanos a San Martín, Tomás Guido: “Catequizábanse individuos de diversas clases; consultábase secretamente miembros del alto clero, cuyo sufragio fue propicio a nuestras libertades, y procurábase el mayor número de adictos para exigir por un movimiento imponente un cambio en la administración y una junta de gobierno por voto popular”.

La casa de Rodríguez Peña volvió a cobijar a los conspiradores, que debatieron los términos de la entrevista que sostendrían al día siguiente con el virrey Cisneros.

Según cuenta Saavedra, “Me propusieron [que] fuésemos a la casa de Nicolás Rodríguez Peña en la que había una reunión de americanos que clamaban porque se removiese del mando al virrey y crease un nuevo gobierno americano. Allí encontramos a los finados doctor don Juan José Castelli y don Manuel Belgrano. El primer paso que acordamos fue interpelar al alcalde de primer voto, que lo era don Juan José Lezica, y al síndico procurador, doctor don Julián de Leiva, para que con conocimiento del virrey Cisneros se hiciese un cabildo abierto al que concurriese el pueblo a deliberar y resolver sobre su suerte. Belgrano y yo nos encargamos de allanar este paso con el alcalde, y Castelli con el síndico procurador Leiva. A pesar de la repugnancia que manifestó el alcalde, don Juan José Lezica, viendo [que] le hablábamos de serio, tuvo que acceder a lo que pedíamos: esa misma tarde convocó a todos los demás capitulares y en consorcio del síndico hicieron presente nuestra solicitud. El resultado fue quedar acordado pedir sin demora al virrey venia para el día siguiente convocar a cabildo público y general”.

En aquella reunión, a la que asistieron unas catorce personas, se acordaron cuestiones sustanciales. Los abogados, encabezados por Belgrano y Castelli, tranquilizaron a sus compañeros sobre la legitimidad de un movimiento tendiente a deponer a un virrey nombrado por una institución inexistente de un país ocupado por un invasor extranjero.

Recordando a Rousseau, garantizaron que estaban en plena libertad de darse un gobierno propio, ejerciendo así su soberanía natural. Al mismo tiempo, se garantizó el apoyo de los cuerpos militares al movimiento en marcha.

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Son sumamente ilustrativas estas reflexiones de Tomás Guido: “Decíase a la sazón: cuando el monarca español ha abdicado su corona y todos los derechos dinásticos en la persona de un príncipe extranjero; cuando el territorio español se halla invadido de tropas vencedoras, y cuando apenas la ciudad de Cádiz ha quedado como refugio de los infortunados españoles, ¿debemos permanecer sometidos a la voluntad de un mandón irresponsable después de caducado el poder de que emanó su voluntad? ¿Permaneceremos a merced de la fortuna de la guerra, resignados a pasar de colonos de España a colonos del imperio francés? ¿Nuestros derechos naturales y políticos no nos autorizan a lo menos a imitar ni aun a la última de las provincias de España, que en la conflagración común de la monarquía, se ha organizado separadamente? ¿Será delito en nosotros practicar en resguardo de nuestros derechos, lo que se aplaudiría en el último ángulo de España?” (1)

El grupo comisionó a Juan José Castelli y a Martín Rodríguez para la nada fácil tarea de hacerse oír por el sordo Cisneros y exigirle la convocatoria a un cabildo abierto. Todo estaba por comenzar.

Citas: 1. Tomás Guido, op. cit.

E.M.

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