Mauricio es Macri, ¿Alberto es Fernández?

En la física, el concepto de “resiliencia” identifica la capacidad de conservar sus atributos que tienen ciertos metales al ser sometidos al calor, al frío, a golpes u otros estímulos. Un concepto que a mediados del siglo XX perforó los límites de la física y penetró en otras disciplinas, como la psicología o las ciencias sociales y que hoy, a la luz del escenario político electoral actual, puede ser traspolado al ámbito de la campaña presidencial en curso.

En el ámbito de las campañas electorales, sin dudas, las coyunturas ponen a prueba la resiliencia de los candidatos y líderes políticos, quienes, ante la incertidumbre y el vértigo reinantes, se enfrentan al desafío constante de mantener posicionamientos, atributos e imágenes que proyectan hacia el electorado.

Estas jornadas, ciertamente muy complejas para Cambiemos, son una de las pruebas más difíciles de la solidez del espacio y el compromiso de sus integrantes. A la antesala de la cumbre radical, en donde se jugará gran parte del futuro político de la coalición gobernante, se suman una crisis económica que parece no tener fin, las sucesivas derrotas electorales a nivel provincial —siete en lo que va del año— y, ahora, el sorpresivo anuncio de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner.

Si ya estábamos en la antesala de una de las campañas presidenciales más inciertas de la historia electoral argentina, la decisión de Cristina amenaza con romper todos los esquemas y borrar de un plumazo las escasas certezas vigentes en lo que respecta a las estrategias electorales de los principales espacios en pugna.

Una estrategia es un plan pre-elaborado sobre el que van a intervenir otros múltiples actores, todos ellos con sus propias estrategias, en un contexto en el que permanentemente aparecerán circunstancias y elementos no previstos. La lógica de la estrategia es, por ello, eminentemente dialéctica, en tanto las acciones a implementar para alcanzar los objetivos planteados deben siempre contemplar las reacciones de los rivales, que podrían obstaculizar los resultados buscados. Por tal motivo, suele decirse que lo ideal es siempre plantearse cuál es la mejor estrategia disponible para enfrentar las mejores estrategias posibles de los rivales en la contienda.

Así las cosas, la confirmación de la fórmula Fernández-Fernández, lo que indudablemente implica un radical cambio de estrategia del espacio kirchnerista, obligará necesariamente al resto de los espacios a reformular sus estrategias de cara a las PASO de agosto próximo.

Los gestos de la fórmula kirchnerista

Para muchos analistas lo específico de la política no es lo material —como podría ser en la economía— sino los elementos simbólicos. La política emana sentido. El sábado por la mañana un afluente inesperado atravesó cualquier escenario de cara a los comicios nacionales. La voz en off de la ex mandataria anunciaba en un video dotado de emotividad y tono mesurado que su candidato al sillón de Rivadavia sería nada más ni nada menos que Alberto Fernández.

Además de haber sido uno de los armadores del por entonces ignoto gobernador patagónico Néstor Kirchner, posteriormente el jefe de gabinete a lo largo de todo su mandato, para apartarse posteriormente del gobierno por roces con la propia Cristina tras el endurecimiento que siguió al conflicto con el campo, Alberto Fernández cumple actualmente un rol de moderador del espacio y de revinculador de la actual senadora con el peronismo y otros sectores de poder.

Si bien aún resulta apresurado medir el impacto que esta decisión pueda tener respecto a la intención de voto, es lícito prever que todos aquellos que afirmaban, hasta hoy, votar por Cristina como presidenta, también lo harán como vice. Es decir, es esperable que la decisión de la fórmula no altere la proporción de votos duros del kirchnerismo —alrededor de un tercio del electorado— y que, a través de la centralidad de una figura más conciliadora y amplia como la de Alberto Fernández, no solo logre mantener ese piso sino también ampliar la base electoral del espacio con la incorporación de votantes que hasta hoy se inclinaban a otros espacios ajenos a los polos de la polarización hasta hoy reinante.

Sin embargo, esta decisión no solo envía un mensaje importante hacia el electorado y Cambiemos, sino que también extiende una mano gentil hacia un peronismo en busca de una esquiva unidad y hacia el denominado “círculo rojo”: los mercados, el establishment y otros poderes fácticos que, por cierto, el flamante candidato a presidente ha sabido cultivar.

La incógnita por estas horas es si la candidatura de Alberto Fernández logrará incomodar al Gobierno corriendo del centro de la escena a la principal protagonista de la polarización y la grieta, y horadando lo que hasta el momento era la principal estrategia electoral de Cambiemos.

Frente a las especulaciones que inundaron los análisis de los últimos tiempos, lo cierto es que hay un dato relevante: Cristina confirmó su participación electoral. Lo que para algunos es un acto de renunciamiento histórico, para otros puede ser interpretado como una decisión de seguir siendo protagonista de la construcción del poder en la Argentina.

En este marco, Alberto Fernández deberá enfrentar el desafío de comunicar un posicionamiento e imagen propios e independientes del tradicionalmente adjudicado a la ex mandataria, evitando recrear el “dilema imposible” que envolvió a la fórmula Scioli-Zannini en 2015.

Será clave para develar estas incógnitas la confirmación de las otras candidaturas del espacio, fundamentalmente en lo que hace a la estratégica provincia de Buenos Aires, en donde se librará la “madre de todas las batallas”, lo que podría o bien confirmar la amplitud que busca representar esta fórmula o contradecirla cerrándose endogámicamente hacia algún sector ya convencido.

Las encrucijadas del peronismo

El contundente triunfo del peronista Juan Schiaretti en las elecciones cordobesas parecían insuflar nuevos bríos al peronismo federal. En este sentido, la convocatoria a los presidenciables peronistas y gobernadores que el mandatario de la provincia mediterránea había lanzado para esta semana era vislumbrada como una suerte de relanzamiento de la campaña presidencial del espacio.

El anuncio de Cristina golpeó al peronismo federal en su línea de flotación. Alberto Fernández no solo tiene una imagen más amplia y dialoguista que la de Cristina, sino que como jefe de gabinete de Néstor Kirchner fue incluso “jefe” tanto de Roberto Lavagna como de Sergio Massa.

La candidatura de Alberto parece desdibujar aun más las chances de las terceras fuerzas, sobre todo en el caso del peronismo. Un peronismo que se ve ante la disyuntiva de bajar sus candidaturas o competir con escasas chances en las PASO ante la flamante fórmula. Un dilema que, sin duda, se plantea con mayor fuerza en el caso de Sergio Massa, que se enfrenta a una triple opción: mantenerse en la “tercera vía”, competir en las PASO con el kirchnerismo o mostrarse como un posible candidato a gobernador capaz de fortalecer la imagen de amplitud.

La campaña de Macri: ¿volver a los valores de Cambiemos?

Sin dudas, el desplazamiento de la figura de Cristina hacia un rol aparentemente secundario obliga a replantear las estrategias de los candidatos opositores. El kirchnerismo movió la “reina” en este complejo tablero de ajedrez que representa el escenario electoral, ahora es el turno del Gobierno de replantear su estrategia para responder a esta jugada, y evitar un “jaque mate”.

Para ello, el primer desafío que enfrenta el oficialismo tiene que ver con ordenar el espacio hacia adentro, disciplinando las cada vez más explícitas voces díscolas. Una tarea harto difícil en un contexto en el que cada vez queda más claro que Macri no controla, ya no las principales variables de la economía o la política, sino incluso las que tienen que ver con la estabilidad y la convivencia de la coalición que lo acompaña.

Quizás la mayor habilidad de Macri ha sido la de apaciguar sistemáticamente la tendencia rupturista de Elisa Carrió, quien tras la derrota en Córdoba parece estar dispuesta a escalar en el enfrentamiento con figuras importantes del Gobierno.

El otro frente interno es el que plantea el radicalismo, centenario partido que ha venido aportando territorialidad, militancia y antiperonismo al armado de Cambiemos. Un radicalismo que por estos días estaba discutiendo la posibilidad y la conveniencia de ir a una primaria contra Macri, lo que seguramente se resignificará a la luz del nuevo escenario.

La reformulación de la estrategia electoral oficialista tiene, como una suerte de precondición, el ordenar este tumultuoso frente interno. Una vez conseguido este objetivo, debería procurar volver a instalar a Cristina en el centro de la escena electoral, comunicando la idea de “Alberto al gobierno, Cristina al poder”; por cierto, un imaginario muy caro en la historia del peronismo.

La premisa para el oficialismo sería desarrollar acciones que debiliten los puntos flojos del candidato rival, diseñando y ejecutando acciones que permitan transformar aspectos positivos del adversario en elementos negativos. En particular, convertir la supuesta amplitud del candidato en una manifiesta debilidad por su condicionamiento en relación con Cristina. En este marco, el oficialismo debería profundizar su opción por una campaña basada en valores.

Nuevamente una de las definiciones más urgentes que Cambiemos tendrá que revisar es la de su estrategia electoral. Quizás en estas circunstancias la estrategia más efectiva podría ser no solo replantear un binomio presidencial potente capaz de hacerle frente a la formula Fernández-Fernández de Kirchner, sino volver a apuntalar los pilares de la coalición electoral con sus tres socios —oyendo las nuevas necesidades y las demandas del radicalismo y de Carrió— para suscitar los valores que consolidaron a Cambiemos como la fuerza vencedora tanto en 2015 como en 2017.

Si aún faltaba algo más para dejar en claro que estamos ante un escenario con final abierto, la noticia de ayer parece dejar en claro que este es un partido que se seguramente se definirá por penales.

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