Margy, la chica que amaba las matemáticas

Por suerte desoyó el consejo de su tío. De haberle hecho caso, hoy probablemente atendería su consultorio de nutricionista, y la ciencia espacial se hubiera privado de contar con una de las investigadoras más brillantes. La recomendación del hombre no era caprichosa: preocupado por el futuro de su sobrina, sabía que una mujer no tenía, por entonces, muchas posibilidades de prosperar en ese terreno. A decir verdad, tampoco en muchos otros: Margaret Kivelson, la chica en cuestión, nació en Nueva York el 21 de octubre de 1928. Época difícil para pertenecer al sexo femenino y tener aspiraciones que superaran las de casarse y formar una familia. Claro que las excepciones existen, y Margy, como se la conoce, siempre fue una de ellas. Dueña de todos los honores y reconocimientos, se alzó con ellos después de un arduo trabajo, y de una denodada lucha contra los prejuicios.

Hija de un médico y una profesora, ya desde el comienzo se sintió atraída por las Matemáticas. “Me gustaban. Pensé que era uno de los temas más fáciles, y sabía que esa opinión no era común”. Su temprana pasión no cedió con el tiempo y en la secundaria se decidió a estudiar una carrera científica; a pesar de lo que la lógica indicaba, optó por Física. Entró a Radcliffe, la institución asociada a Harvard en que podían estudiar las mujeres: esa Universidad aún no las aceptaba. En 1957 se doctoró e ingresó como consultora en la Rand Corporation, una suerte de think tank que desarrollaba una amplia gama de investigaciones vinculadas con desarrollo espacial, tecnológico , derecho educativo, entre muchas otras. Uno de sus trabajos allí tuvo que ver con el estudio del hidrógeno en determinadas condiciones de presión y allí descubrió lo que teóricamente podría ocurrir en Júpiter. Un planeta que se cruzaría más adelante en su camino.

Casada, cuando su marido consiguió un puesto en la Universidad de Los Angeles, en California, hacia allí marchó Margaret: sobre un total de 30 en la Facultad de Química, era una de las apenas dos esposas de docentes que trabajaban. En una publicación de la American Astronomical Society diría: “En aquel momento, las mujeres trabajaban básicamente si tenían que hacerlo. Muy pocas lo hacían porque querían”. Y trabajar y ser madre – ella lo sería de una nena y un varón, profesionales ambos hoy- estaba muy mal visto. Kivelson fue cuestionada por ello y escuchó reclamos acerca del bienestar de los chicos. “Las familias soñadas entonces tenían cinco hijos, un rancho y una madre en casa. Había surgido un modelo algo diferente cuando los hombres se fueron a la guerra y las mujeres debieron ocupar esos puestos, pero al regresar ellos, eso terminó”. No fue el caso de Margy. Profesora emérita de Física Espacial en la UCLA, la NASA ha contado, y sigue contando con ella, desde hace 40 años, en las misiones más importantes. En una de ellas, dirigida a Júpiter, la sonda espacial Galileo permitió un descubrimiento sorprendente: Margy y su equipo habían desarrollado un magnetómetro, que debía medir el gran campo magnético del planeta y enviar datos sobre cualquier variación detectada en sus satélites. Gracias a esa tarea, y a la insistencia de ella, empeñada en que la nave sobrevolara Europa, una de las lunas de Júpiter, comprobaron la existencia allí de un océano subterráneo de agua salada. Antes, el magnetómetro había hallado un campo magnético interno en Ganímedes, la mayor de las lunas del planeta.

Con más de 90 años, dueña de un humor irónico y una modestia que no se compadece con su curriculum, Kivelson está inmersa en un proyecto a futuro de la agencia espacial: trabaja en el instrumento de plasma para el Europa Clipper, el próximo gran viaje previsto para 2022, con la misión de comprobar la habitabilidad de la luna oceánica de Júpiter.

“Los físicos habían salvado al mundo con la bomba nuclear y el radar. Y de repente, la gente notó que la física no sólo era una disciplina maravillosamente fundamental, sino que también era útil”, dijo alguna vez. Por seguir demostrándolo batalla cada día. w

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