La música está presente

Durante la entrevista, César Lerner experimenta avant la lettre lo que será Acordeón. Toma el instrumento y cierra los ojos. La performance tiene algo del espíritu de John Cage y su famosa pieza de “no música”, 4:33, que invita a su práctica favorita: el silencio. O, mejor dicho, la escucha.

Porque el silencio no es tal: está la respiración del artista antes que la del instrumento, el latido y el pulso propio como un contrabajo (agigantado por el mutismo, como en el cuento de Poe), el sonido delgado del viento de otoño que ya sopla en la calle y el de la lluvia contra las ventanas del estudio. Y entonces, a menos de un metro del intérprete, comienzan a sentirse caer los hilos dorados del acordeón. Un sonido grande y hambriento, una ballena ronca que no traga si no que exhala armonías, suspiros de Bach, vientos orientales, hipos de realidad y de imaginación.

El acordeón, acaso el único instrumento orgánico porque respira por sí mismo (a través de Lerner, o Lerner a través de él) en las manos de un equilibrista que le desempolva colores. Un tórax de nácar, madera y aluminio con una treintena de teclas, llaves, clavijas, varillas y palanquitas entre dos cajas enlazadas por un fuelle. Ese miocardio que nos habla sin palabras directamente al corazón.

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