La economía mundial juega en contra

Desde comienzos del año pasado la economía argentina está atravesando serias dificultades. La actividad económica comenzó a caer a partir de febrero al mismo tiempo que subía la inflación, en parte porque el tipo de cambio retomó su ritmo alcista en mayo, luego de un verano tranquilo. En este contexto, las tasas de interés se acoplaron a la suba.

El deterioro fue generalizado entre todos los determinantes de la demanda agregada. La sequía agropecuaria del año pasado redujo el valor de la cosecha, y así también los ingresos de toda la cadena productiva; la salida de capitales de extranjeros y la dolarización de portafolios de los argentinos también contrajeron el poder de compra, a lo que se sumó la paralización del mercado crediticio y el mayor ajuste fiscal.

Tomados conjuntamente, estos factores redujeron la capacidad de gastos del país en más de 65 mil millones de dólares (más del 10% del PBI), con un significativo impacto sobre el nivel de vida de los argentinos.

Argentina se desenvuelve en una realidad que es compartida por la mayoría de los países de la región: las variaciones en el poder de compra de los argentinos están habitualmente asociadas a cambios en el valor de la cosecha agropecuaria y a los movimientos de capitales. Entre ambos explican todos los ciclos económicos en nuestro país, sean expansivos o contractivos.

Un cambio en estas áreas se traduce rápidamente en variaciones de gasto de bienes llamados comerciables (exportables e importables) y no comerciables. Las cuentas externas se deterioran cuando la demanda interna está aumentando -excepto cuando el impulso es una mejora de los precios internacionales -, y mejoran cuando se contrae. La demanda de bienes no comerciables es un gran determinante del PBI, y todo el ciclo virtuoso o vicioso (según corresponda) se traslada al mercado laboral, precios relativos, y recaudación fiscal.

Lo que se vivió en el 2018 fue un ejemplo típico de lo que ocurre cuando se activa el círculo vicioso. En promedio, el PBI registró una contracción del 2,5 por ciento anual, la mayor desde el año 2009, con bajas en las importaciones y la inversión del 5% y 6%, respectivamente. El consumo se contrajo cerca de 3%. Aunque las cifras promedio anuales lo disimulen, la crisis supo ser bastante más profunda, con severos impactos a partir del segundo trimestre del año.

Puntualmente, los datos del cuarto trimestre permiten ver esto con mayor nitidez. En este trimestre el PBI registró una baja interanual del 6%, incluyendo el desplome de las importaciones y la inversión (-26% y -25%, respectivamente), y una caída del consumo de casi 9%. El único factor favorable fue el crecimiento de 10% de las exportaciones.

Las perspectivas para 2019 eran un poco mejores, nuevamente gracias a una cosecha agrícola récord, por menores salidas de capitales (los extranjeros se llevaron gran parte de sus inversiones financieras) y por un menor ajuste fiscal. Las grandes dudas estaban centradas en la paralización del mercado de crédito y en una mayor dolarización de portafolios. Sin embargo, en los últimos meses surgieron nuevos hechos adversos en la economía internacional.

El principal evento disruptivo es la epidemia de fiebre porcina en Asia, especialmente en China, que obligó a sacrificar 20% de los cerdos disminuyendo dramáticamente la demanda de soja. El departamento de agricultura de los Estados Unidos (USDA) proyecta una baja en las compras por parte de China de casi 20 millones de toneladas por año en las próximas dos campañas con respecto a sus pronósticos iniciales.

El segundo efecto disruptivo se relaciona con el conflicto comercial entre Estados Unidos y China (esta misma oficina ajustó la estimación de las importaciones desde China hacia abajo en casi 3 millones de toneladas en el período 2017/2018). Aunque al principio nuestro país se vio parcialmente favorecido porque nuestros precios de exportación se mantuvieron por encima de los internacionales, pero a la larga nadie puede aislarse del daño que genera una guerra comercial.

Estos dos factores combinados hicieron caer el precio internacional de las materias primas en general, y de soja, en particular. Primero por el conflicto comercial, el precio de la tonelada de soja en Chicago pasó de 395 a 305 dólares entre marzo y septiembre del año pasado, reduciendo su promedio anual de 369 a 342 dólares. A pesar de ello el precio promedio de exportación de Argentina fue superior a los 390 dólares. La gripe porcina africana redujo nuevamente su precio a menos de 300 dólares, aunque todavía es muy temprano para saber a qué precio vendieron en la práctica nuestros exportadores.

¿Cuánto nos perjudica este hecho? Se espera un aumento de volúmenes de la cosecha de soja de 18 millones de toneladas, pasando de 38 millones en la campaña pasada, a 56 en la actual. Si los precios se hubieran mantenido estables, el valor de esta cosecha se habría incrementado en 7 mil millones de dólares.

La caída del precio recortó la mejora al rango de entre 2 y 4 mil millones de dólares. El maíz sufrió menos los embates internacionales, por lo que el incremento del valor de su cosecha superaría los 2.500 millones de dólares. Estos factores son sin dudas importantes, pero no tanto como los internos en un año de incertidumbre electoral.

La confianza sigue siendo esencial para un buen desempeño económico, pero las claves del éxito siguen siendo el esfuerzo, el sacrificio y la prudencia.

Ricardo Arriazu es economista 

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