Jimena Barón y su recuerdo más doloroso: “Mi viejo me venía avisando que se iba a morir”

Jimena Barón en su encuentro con Teleshow

A los 9 años, en su primera vez en la televisión, Jimena Barón supo que su futuro estaba bajo las luces del mundo del espectáculo. Pero ya desde pequeña enfrentó muchas adversidades, como el abandono de su padre. En varios momentos su situación económica tampoco era sencilla. Y además, lidió una relación tóxica.

Pero todo aquello le sirvió a Jimena para convertirse en la mujer que es hoy, una de las artistas referentes del feminismo, haciendo que muchas jóvenes se identifiquen con ella. Hace unos días sacó “La Cobra”, el primer single de su nuevo álbum. En YouTube, el video ya superó las dos millones de reproducciones. Y la letra representa su gran cambio del último tiempo.

—Acabás de estrenar “La Cobra”.

—Es una canción que compuse el año pasado, exactamente el 30 de mayo. El día que ganamos el Premio Gardel a álbum nuevo pop “La Tonta”, esa noche me acosté con el premio, lo puse en la cama como si fuera mi marido. Y cuando bajó la euforia, dije: “¿Qué voy a hacer después? ¿Qué seguiría a “La Tonta?”. Me fui a dormir con esa pregunta en mi cabeza…

El video de “La Cobra” (YouTube)

—¿Cuándo dejas de ser “La Tonta” y pasas hacer “La Cobra”?

—El famoso tocar fondo para volver a salir para arriba, disparando. “La Tonta” es el clic de “La Cobra”, una le sigue a la otra, la decisión de decir: “Che, ya estoy acá con el pollo al horno, ya podría haber ido a hacer esto que tanto quería hacer, estoy esperando a este tipo que no me valora, no vino”. Y es saber que voy a comer sola, con frío, porque a esta persona no le importa nada de lo que yo hago, y a mí no me importa nada mi tiempo porque si lo estoy regalando para alguien que no lo valora, significa que yo tampoco lo hago. Y “La Cobra” es eso: “Bueno, ¿vos qué querías hacer?”. “La Tonta” y “La Cobra” son dos discos antónimos pero a la vez, un poco lo mismo.

—Dejar de depender del otro.

—Creo que hoy todas las mujeres, con el feminismo, somos “La Cobra”. Es lo que yo vibro y siento en la calle, con los pañuelos, con las marchas. La mujer tuvo esta metamorfosis de “La Tonta” a “La Cobra”. Lo digo con muchísimo orgullo, mujeres empoderadas diciendo: “¡Hasta acá! Yo aprendí y ahora te voy a contar cuáles son mis límites, mis sí y mis no”. Es un orgullo que esté pasando esto con las mujeres.

—¿Cuánto tiempo te llevó hacer ese proceso?

—Creo que lo mismo que a casi todas y todos.  ¿viste? Había un mundo con el patriarcado diciendo lo que está bien y lo que no está bien, qué podés decir y qué no, para qué te da la edad y para qué no, para qué te da el cerebro, cuán inteligente sos según lo que mida tu pollera. Todos consumimos eso durante años. Hay publicidad de cigarrillos donde un hombre le pisa la cabeza a una mujer, y la mujer es una alfombra. Todo esto justifica un poco “La Cobra” enojada. Y empiezan a decir: “Ay, bueh, pero están enojadas…”. Sí, claro que estamos enojadas, porque eso pasó con la mujer, no pasó con el hombre: no hay avisos de mujeres pisándoles la cabeza a los hombres. No significa que haya algo contra los hombres, sí contra el machismo y con todo esto que venimos padeciendo las mujeres.

—Antes divorciarse estaba mal visto…

—Estaba prohibido. Y yo tengo una historia hermosa que me enteré hace poco tiempo, y que me hace creer que hay algo de genética, que algo heredé… Cuando mi abuelo le propone casamiento a mi abuela Beba, en Argentina no existía el divorcio.  Mi abuela trabajaba, y le dijo a mi abuelo que lo amaba y se quería casar con él, pero que se iban a casar en México porque allá sí existía el divorcio, y ella quería tener la libertad de separarse si la pareja no funcionaba. Y mí abuelo aceptó. Muy bien por él. Era una abuela como muy rebelde.

—¿Te importa lo que digan de vos?

—No, la verdad que no me importa. Yo creo que si hablan, algo pasa: sería un poquito alarmante sacar canciones y que nadie diga nada, que pasen desapercibidas; si se arma tanto revuelo es porque algo detrás de eso está pasando. No pretendo gustarle a todo el mundo porque a mí no me gusta todo el mundo. Pero lo que no comprendo y no puedo avalar es la critica que sucede con la fama y con el artista, y que no pasa en otro rubro. Vos no vas a una panadería a decir: “Mirá, la verdad que me parecen un horror las facturas que hacés, la medialuna está seca”. Simplemente, no la consumís. Como nosotros somos famosos, entonces yo te digo: “Tu disco me pareció una mierda”. No voy a evitar que suceda, pero ese precio es un poquito injusto. Yo soy de la escuela de tirar buena onda genuina si la siento, y sino, prefiero no decir nada. Es raro. Yo estoy trabajando, señor, con 40 personas más, hay vestuaristas, hay tanta gente trabajando tanto que a veces, así tirada la basura, tan desfachatada, decís: “Guau, qué extraño”.

—Qué bueno que no te moleste..

—Yo me puedo angustiar todo el día por un comentario de mi hermana o de mi mamá, o de algo que me haga sentir mal, pero no de alguien que es “Pepi68”. ¿Cómo me puedo llegar a angustiar si entro a tu Instagram y la foto es un huevo? La verdad que no, me río bastante de la gente que bardea. Además, yo por ahí, tomando mate, tiro comentario con amigas, pero me muero de vergüenza de hacerlo público, ¡me muero! Para mí es el comentario con el bizcocho y el mate, pero no te sentás a decirle a una persona que no te gusta su pantalón… Es algo completamente ajeno a lo que yo podría hacer. No lo puedo entender, pero me río.

—La historia sobre cómo se conocieron con tu mánager es muy interesante.

—Nos conocimos en el ensayo de un amigo en común, que quería abrir un bar. Yo estaba en plena separación del papá de mi hijo, esos días que te los acordás como en una nube, porque así me sentía yo. Se había tomado el palo este señor (por Daniel Osvaldo) y yo había quedado en el ensayo, y estaba como que no entendía nada, todavía no había explotado mediáticamente. Fueron unos días tremendos para mí. Me acuerdo que dije: “Dale, andá al ensayo, ¿qué vas a hacer, te vas a quedar acá encerrada?”. Y fui. Estaba destruida. Y no lo registré a Lucas (Biren); simplemente me paré ahí y canté algunas canciones. Fue todo un desastre, yo era un desastre, cantaba mal, estaba todo el mundo por humillarme públicamente en mi país, no sabía dónde estaba el papá de mi hijo, y bueno, qué sé yo. Ese día lo conocí a Lucas. Él algo ahí vio, sintió, y después fue él que insistió.

—No quería cantar, no me sentía con fuerza, estaba triste, me daba vergüenza, me sentía muy humillada, salía en los noticieros lo que pasó. Fue espantoso. Mi papá había fallecido hacía tres meses, no le podía dar la teta a mi hijo, me quedé sin leche para amamantar, todo era espantoso. Y en ese momento, ¿qué iba a cantar? Si todo era un desastre. Así que fue muy particular…

—¿Quién te convenció?

—Fue Lucas; empezó, empezó… “Bueno, vení, mostrame, grabá, empezá”. Yo pensaba que no iba a poder porque en esa época de mi vida me quedé afónica, no tenía voz. Fue muy loco. La recuperé después, con el tiempo, pero estaba todo el tiempo disfónica, sí. Fue tremendo para mí.

—¿Cuánto tiempo duró?

—Por suerte, duró… Bueno, viste que después tuve el capítulo 2 de “La tonta” (por la reconciliación con Osvaldo). Fue un tsunami, sí, qué habrá durado un año. Lo tengo todo (grabado), situaciones así, tan dolorosas. Lo de mi papá fue terrible. Yo estaba (viviendo) en Italia, me llamaron por teléfono. Mi viejo murió ahogado en una bañera.

—¿No te pudiste despedir?

—No me pude despedir…

—¿Habías hablado los días previos?

—Sí. Mirá cómo es la vida. Me había ido a Buenos Aires porque sí (estaba en Milán, con Osvaldo jugando en el Inter). Yo no podía salir ni al supermercado sin autorización del padre de mi hijo, una locura. Y fue como un acto completo de rebeldía: “Quiero estar con mi familia, los extraño”. Fue una pelea gigante porque él no me dejaba. Y yo: “Me voy a ir, quiero ver a mi viejo, a mi mamá”. Me rebelé. Y de hecho fue muy raro: llegamos tarde al aeropuerto, estaba llegando mi papá, y fue así, nada, segundos; el vuelo estaba cerrado y cuando llegué al mostrador me puse a llorar, y mi papá se puso a llorar, y la chica de la aerolínea veía que yo lloraba, lloraba, desde la garganta, como diciendo: “¡Qué angustia que tengo!”. Y llegó un punto en que la chica me dijo: “Escuchame, tranquila, porque llegás al avión, no llores porque está, te vamos a esperar en la puerta, te vas a tomar el vuelo”. Y yo le dije: “Es que no estoy llorando por eso…”. Esa fue la última vez que lo vi a mi papá.

—¿Y te acordas de qué hablaron?

—Sí. Primero me acuerdo de él llorando un montón. Fue muy rara la situación…

—Porque te volvías a Italia.

—Me iba; pero volvía (a la Argentina) para las Fiestas. Entonces no tenía sentido la angustia que teníamos los dos. Tuve una historia bastante particular con mi papá, porque él se fue cuando yo tenía cuatro años, y volvimos a vernos cuando ya era adolescente, porque yo lo busqué. Ese día, yendo al aeropuerto, me dijo: “Tené cuidado con la gente, hay mucha gente que tal vez parezca una mierda de persona y es la gente que más te ama en el mundo, y hay mucha gente que vas a pensar que te quiere y en realidad no te quiere nada. Yo fui la mierda que te dejó, pero nadie te va a querer más que yo“. Después de eso llegué a Italia. Un día después mi tío me llamó por teléfono y me contó que mi papá había muerto.

—Y es algo que te sigue doliendo.

— Sí, claro que sí. Cuando me reencontré con él fue porque yo lo fui a buscar a pesar de todo lo que pasó, pero siempre muy contrariada: “¿Qué onda este chabón? Se tomó el palo, no se hizo cargo, lejos de ser el padre ejemplar…”. Pero igual tuve intriga por saber quién era mi papá y qué pasó. Dejé el dolor a un costado y me acerqué, y recompusimos la relación. Y yo me vi reflejada en mi papá con muchísimas cosas: mi viejo era un tipo tan irónico, talentoso, la persona más rápida y graciosa del mundo junto con mi hermano. Pienso qué hubiese pasado si me quedaba con el rencor y el dolor. Y qué sé yo… mi viejo me amaba mucho, a pesar de todo. Fue súper sanador, por suerte, pero mi viejo encima me venía avisando que se iba a morir, ¡malísimo! Estaba con este ataque de pánico de que se iba a morir, se iba a morir… Me lo venía diciendo desde hacía dos años. “Yo lo único que quiero es ser abuelo, ¿y cómo no voy a ser abuelo si me voy a morir?“, me decía. Lo conoció a Morrison. Y a los pocos meses se murió.

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