Internas militares en la dictadura: qué dijo la CIA cuando el general Alejandro Lanusse fue detenido en 1977

El 4 de mayo de 1977 se cumplían seis años de la fundación del diario La Opinión. Los militares en el poder eligieron esa fecha para intervenir esa y las demás empresas y sociedades del grupo Graiver, bajo la presunción de vínculos financieros con Montoneros. Y eligieron también ese miércoles para arrestar al ex presidente de facto Alejandro Lanusse.

El general había desmentido, pocos días antes, que estuviera detenido por sus camaradas de armas —como sí estaba, secuestrado desde abril, Jacobo Timerman, director de La Opinión—, y había ratificado que seguía buscando al ex jefe de prensa durante su dictadura, su amigo Edgardo Sajón, desaparecido.

Cinco días más tarde, un cablegrama de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que integra el paquete de documentos desclasificados en abril de 2019, advirtió: “Argentina: el arresto el 4 de mayo del ex presidente Alejandro Lanusse por presuntos delitos financieros durante su gobierno tiene fuertes matices políticos“. Agregó que los otros dos oficiales superiores del tramo final de la autoproclamada Revolución Argentina (la dictadura 1966-1973) también habían sido detenidos: el almirante Pedro Gnavi y el brigadier Carlos Rey.

Los detalles de la detención —a las 3 de la madrugada, seguida de allanamiento de vivienda y con presencia de las máximas autoridades policiales— causaron preocupación a los analistas de inteligencia estadounidenses. Tras explicar que la versión oficial era el proceso legal por irregularidades en concesiones, a modo de monopolio, para la empresa de aluminio Aluar, vinculada al ex ministro peronista José Ber Gelbard, el cable aclaró que “el caso se investigó durante varios años, pero recientemente se supo muy poco de él” y que, sobre todo, acababa de ser “opacado por las novedades en el espectacular escándalo Graiver”.

Es decir que, en opinión de la CIA, la narrativa de la junta militar que encabezaba Jorge Videla no irradiaba verosimilitud. “Los motivos políticos son como mínimo igual de importantes que otras consideraciones en la acción de llevar a Lanusse ante la justicia”, agregó el texto, sintetizando la irrealidad de la división de poderes en el país. “Sus presuntas fechorías no eran inusuales ni sorpresivas [tachado] y cualquier cantidad de oficiales podría ser llamado a rendir cuentas por incorrecciones similares”.

Entonces el agente estacionado en Buenos Aires detalló su hipótesis: “Durante algún tiempo Lanusse ha despertado la ira del actual régimen militar, y ha enfurecido especialmente a los llamados oficiales de la línea dura. Sus críticas a las prácticas de seguridad recias del gobierno, su alto perfil público y sus aparentes vínculos con periodistas prominentes han hecho que algunos argentinos concluyan que resulta atractivo para importantes sectores civiles como potencial líder político“.

Tras señalar que “el régimen ni siquiera está preparado para considerar” una vida política normal, el cable señaló un motivo de enfrentamiento ya tradicional de muchos camaradas con el general retirado: “La desconfianza militar de Lanusse se intensifica mas aún por el hecho de que él preparó el regreso de Juan Perón del exilio”.

1977 fue un año intenso para Lanusse. Publicó Mi Testimonio, el primero de los tres libros que conformarían sus memorias políticas: Protagonista y
testigo le seguiría en 1988 y Confesiones de un general en 1993. El primer presidente de aquella Revolución Argentina, el golpista Juan Carlos Onganía, salió a criticarlo duramente. Lo acusó de expresar “una actitud política, intencionada o no, preocupada por sembrar el espíritu de derrota en el seno de las fuerzas armadas, introduciendo en sus cuadros un falso sentimiento de inferioridad respecto a la aptitud de las instituciones castrenses para servir como vehículos creadores de orden para una nación en crisis”, citó Paula Canelo en El proceso en su laberinto: la interna militar de Videla a Bignone.

Desde el 1º de abril, cuando los represores secuestraron a Sajón —quien permanece desaparecido, presuntamente por Ramón Camps, titular de la Policía Bonaerense— cerca de Plaza Francia, cuando iba desde su casa en San Isidro hacia las oficinas de La Opinión en el centro de Buenos Aires, Lanusse se dedicó a buscarlo junto con la esposa del periodista, María Pía Lucchi.

El 3 de abril Lanusse se entrevistó con Videla, quien dijo que el secuestro de Sajón era “un misterio”. Molesto, Lanusse le recordó que, como ya había expresado en público, los “procedimientos por izquierda” no correspondían al honor militar. Videla volvió a negarle a la cara que existiera un plan de represión ilegal: él conocía las órdenes escritas, dijo, y ninguna incluía “esas cosas” a las que había aludido Lanusse. El general, irritado, le repitió que el titular de la Casa Rosada no podía “ignorar lo que sucede”.

El 7 de abril difundió públicamente su preocupación por Sajón: exigió que se le dijera dónde estaba, cómo había desaparecido y a manos de quién o quiénes. Un mes después, el nuncio Pío Laghi le diría al embajador estadounidense Robert Hill que Sajón había sido “torturado y asesinado por sus captores”.

El 4 de mayo Lanusse fue detenido. El 6 lo visitaron en la Alcaidía de Campo de Mayo, donde estaba recluido, las autoridades del regimiento, Santiago Omar Riveros y Reynaldo Bignone. Al declarar en el juicio a las juntas, en 1985, recordó:

“El general Riveros pretendió poder recriminarme o retarme por mis manifestaciones públicas de repudio contra los procedimientos por izquierda, agregando que gracias a ellos yo vivía. Le dije: ‘Hay oportunidades en que es preferible no vivir, general Riveros. Además usted no tiene jerarquía ni atribuciones como para pretender indicarme a mí cómo debo proceder‘. Los ánimos se caldearon entre ambos y el general Bignone, propio de su personalidad e idiosincrasia, pretendió mediar, con muy poca felicidad, por cierto”.

El cable de la CIA destacó que la detención de Lanusse servía a dos propósitos a la vez: “Al menos algunos oficiales del régimen claramente se inclinan por desacreditar a Lanusse. Al mismo tiempo, el gobierno presenta sus esfuerzos contra el ex presidente como prueba de que erradicaría el delito sin que importe donde se lo halle, incluso entre hermanos de armas“.

Sin embargo, el texto consideraba improbable que los argentinos, “políticamente cínicos, acepten este argumento al pie de la letra”, y advertía sobre la posibilidad de que Lanusse pudiera “emerger de sus problemas como un mártir”.

Eso no pasó, ni tampoco mucho más: Lanusse fue sancionado en diciembre de 1977. Hacia fines de la dictadura —recordó Canelo en su libro— calificó “al gobierno de Videla como ‘una calamidad’ y al general como ‘un gobernante nefasto'”.

Murió en 1996, casi a los 78 años. Su biografía quedó asociada al antiperonismo: pasó cuatro años detenido en 1951 por un intento de golpe contra Perón y 10 días con arresto domiciliario por decir, en 1994, que el gobierno de Carlos Menem era “el más corrupto” que le había tocado vivir. También a la cadena de golpes de Estado en la Argentina; a la Masacre de Trelew, sucedida bajo su mando; al Gran Acuerdo Nacional y las elecciones democráticas de 1973, tras un intercambio de chicanas con el exiliado Perón, de quien dijo, famosamente, “no le da el cuero para venir” cuando no aceptó sus condiciones (imposibles de cumplir) para ser candidato.

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