Indexación, intensa y de plazos cortos

Lo único que le faltaba al minué de explicaciones que acomoda las cosas según mejor convenga, era que el jefe de la misión del FMI repitiera una frase que Mauricio Macri pronunció varias veces durante estos años. Nicolás Dujovne la usó algunas más y ahora le tocó el turno a Roberto Cardarelli: “Lo peor ya pasó”, acaba de sentenciar aquí el italiano que hace tiempo vive lejos de aquí, en Washington.

Con un poco de sorna y otro poco de fastidio, alguien podría preguntarse, luego, cuántos peor anidan en sus agendas económicas. O sospechar de tanta reincidencia puesta en remachar la misma consigna.

Un rulo semejante sería posible armar a propósito del 3,4% que anotó el índice de precios de abril. Puede despertar entusiasmos, y los ha despertado, porque no fue el 4% que llegaron a estimar funcionarios y analistas o porque resultó inferior al 4,7% de marzo y al 3,8% de febrero, pero bajado a tierra surge nítido que un índice del 3,4% es muchísimo en cualquier estándar.

Ese 3,4% que acá se ha producido en un mes, entre países del vecindario tarda un año largo o cerca de un año en producirse. Concretamente, inflaciones proyectadas para todo 2019 cuentan: 2,1% en Perú; 2,9% en Chile y 4,9% en Brasil.

Claro que si la cuestión pasa por comparar peras con peras, como manda la regla, en la Argentina tenemos 55,8% en los últimos doce meses. Pongamos, entonces, de 11 a casi 27 veces más que ellos.

Y tenemos, encima, 66,2% anual nada menos que en el costo de los alimentos. Entre los destacados de la cartelera: harina, 149%; fideos, 106; leche, 77; aceite, 70; yerba 88% y queso cremoso, 89. La carne picada marca 68,5%; 66 el cuadril y 68 el yogur.

En plan optimismo medido, el presidente del Banco Central atribuyó el retroceso relativo del índice de abril al hecho de que se hubiesen combinado el cuasi congelamiento de las tarifas y la estabilidad cambiaria. “La inflación ha tomado sendero descendente pero sigue siendo muy alta”, reconoció Guido Sandleris.

Con el costo de los servicios públicos pisado hasta fin de año o hasta el 10 de diciembre, la carta fuerte del Gobierno, económica y a la vez electoral, consiste en mantener el dólar a raya. Y debe conseguirlo a todo trance, pues pocos factores tienen en la Argentina el poder disruptivo que tiene el billete color verde.

El último informe de la consultora Eco Go incorpora al menú un tercer elemento: el peso creciente, de hecho desestabilizante, de lo que se conoce como inercia inflacionaria o directamente indexación. Esto es, que en unos cuantos sentidos la inflación de hoy puede explicarse en la de ayer o la de hoy explicar la de mañana.

Obvio y no tan obvio, las derivaciones de este problema se potencian, se aceleran y multiplican cuanto mayor es la inflación. Y más aún, cuando en el medio hay un dólar que anda a los saltos.

Para empezar, un índice de precios de dos dígitos o de dos dígitos que arrancan con el número 2 es un índice que convendría corregir cuanto antes. Entre 2007 y 2015 la Argentina convivió todo el tiempo con una inflación de dos dígitos o del 25%, la mayor parte del tiempo. Y todo pese al congelamiento de las tarifas y al dólar retrasado, o sea, el modelo K siempre de corto plazo y oportunamente aplicado al objetivo de dejarle el terreno minado a quien viniese: a Macri o al candidato propio y no tan propio Daniel Scioli.

El caso es que, salvo el 25% de 2017, después hubo 41% en 2016; casi 48% en 2018 y 56% según el último registro del INDEC. Inflación a toda marcha y contratos que son actualizados a la misma velocidad, para no quedar rezagados en la carrera.

De ese paño es que ajustes de precios trimestrales pasaron a bimestrales, luego a mensuales y ahora hasta a quincenales. También, que cuando se trata de insumos dolarizados la factura viene con cláusula de dólar futuro, es decir, con el tipo cambio vigente al momento del pago.

Tenemos, pues, ajustes por tarifas, por dólar, por salarios, por tasas de interés o, si se prefiere, por lo que sea o llanamente para cubrirse. En todos los casos, la explicación lleva el sello incremento de costos.

Dentro del mismo escenario aparecen las cuotas de colegios privados y prepagas, paritarias como la de Buenos Aires, la de la UOCRA y la que negocia Comercio. Más alrededor del 60% del gasto público indexado a la inflación del año anterior.

Sucede además, según cuenta Eco Go, que como las cantidades vendidas por las compañías caen, muchas buscan prorratear los costos fijos en el número de unidades vendidas. O sea, cargándolos al precio de cada una de ellas.

Pero existen quienes están imposibilitados de jugar ese juego. Asoman, así, empresas forzadas a dejar la cancha, sobre todo pymes, mercados que se concentran, empleos que se pierden y, al compás, crece la conocida salida de la informalidad; dicho sin vueltas, la economía en negro.

El Estado gana con el denominado impuesto inflacionario, pero el punto ahora es si eso que gana no compensa los ingresos que resigna a causa de la recesión. Las cuentas públicas cantan que la recaudación corre por detrás del índice de precios y que cuesta coronar el déficit cero comprometido ante el FMI, tal cual revela el aumento de un gravamen a las importaciones.

Lo cierto es que la inflación resiste y que aún luce lejano, si no inalcanzable, el 1,8% de enero de 2018, el que hubo hace ya catorce meses y antes, claro está, de que se desatase la corrida del dólar.

El objetivo del Gobierno apunta a lograr un índice que arañe el 3% en mayo y uno de 3 o menos de 3 para junio. En fin, apuesta a cifras decrecientes que cambien expectativas y frenen la indexación, que levanten el ánimo de los electores y potencien los salarios acordados en las paritarias. Una dosis de consumo tampoco le viene mal a una economía que no termina de arrancar.

Ni hace falta repetirlo: será crucial por donde se mire mantener bajo control a ese demonio llamado dólar y crucial, también, el poder de fuego que el Banco Central maneje para enfrentar tensiones cambiarias que los especialistas pronostican a partir de mediados de julio. Poder de fuego se le dice a las reservas disponibles.

El riesgo de la movida es que la demanda vaya comiéndose ese activo, lo cual resulta posible dentro de un sistema en el que reina la libre movilidad de los capitales. Llegado un caso asi, pueden pesar los efectos de la polarización a ultranza o tallar el operativo político que la Casa Rosada consiga montar, más pronto que tarde. 

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