El hijo de una desaparecida en el lugar del horror: “Acá mi mamá me parió, atada a una mesa, mientras los policías la insultaban”

Los ojos de Leonardo Fossati Ortega se humedecen pero su voz se mantiene firme cuando dice:

-Acá, en esta cocina, mi mamá, Inés Beatriz Ortega, me tuvo a mí en una mesa, atada de pies y manos, rodeada de policías que la insultaban. Mi mamá tenía 17 años.

Leonardo tiene 42 años y es hijo de Inés Ortega y de Rubén Leonardo Fosatti, pero pasó 28 años de su vida sin conocer su verdadera identidad, desde que llegó al mundo en la maternidad montada en la cocina del Centro Clandestino de Detención de la Comisaría Quinta de La Plata, en marzo de 1977, hasta que en 2005 recuperó su historia gracias a las Abuelas de Plaza de Mayo.

Los testimonios de sobrevivientes del Centro Clandestino de Detención (CCD) permitieron establecer que por allí pasaron alrededor de 10 mujeres embarazadas y que hubo 2 nacimientos en la maternidad clandestina, el de Leonardo y el de Ana Libertad Baratti De La Cuadra, nieta recuperada en 2014. También allí estuvieron secuestrados 3 niños: Mónica Santucho, María Eugenia Gatica Caracoche y José Sabino Abdala.

De las embarazadas, sólo una sobrevivió, Adriana Calvo de Laborde. Gracias a ella, Leonardo pudo saber dónde y cómo nació.

-Todo lo que sé de mi nacimiento es porque Adriana estaba en la misma celda que mi mamá y cuando la devolvieron ahí, conmigo, mi mamá le contó cómo fue el parto y cómo la habían atado y maltratado. Adriana también me contó que desde las celdas se escuchaba cómo la insultaban, los gritos de mi mamá y que pudo escuchar mi llanto cuando nací – dice.

Hoy Leonardo forma parte del equipo del Espacio para la Memoria que funciona en la ex Comisaría Quinta desde este año. Allí recibe a los cronistas y los guía en un recorrido que le permite contar su historia y la del lugar.

Un depósito de secuestrados

La antigua Comisaría Quinta, en Diagonal 74 entre 23 y 24 de La Plata, fue construida a principios de la década de los 30. El edifico tiene dos cuerpos, separados por un patio.

Durante la última dictadura, en el cuerpo delantero funcionó la comisaría propiamente dicha, con sus actividades habituales, pero entre abril de 1976 y febrero de 1978, el sector de atrás – destinado originalmente a cocina y celdas de detenidos comunes – fue transformado en un centro clandestino por el que se calcula que pasaron alrededor de 200 personas, muchas de las cuales continúan desaparecidas.

Formó parte de lo que se conoce como “El circuito Camps”, que llevaba el nombre del entonces jefe de la Policía Bonaerense, coronel Ramón Camps.

-Era un centro clandestino de características particulares. Salvo excepciones, aquí no se interrogaba ni se torturaba para obtener información. Funcionaba más como un depósito de personas donde traían a los secuestrados desde otros lugares, como el centro clandestino de Arana, y luego se los llevaban de nuevo para interrogarlos, para llevarlos a otros centros o para matarlos. Mientras estaban acá, la dictadura decidía su destino. La mayoría estuvo poco tiempo -explica Leonardo mientras Infobae graba el recorrido.

Los detenidos eran llevados en vehículos que entraban por uno de los portones laterales de la comisaría y se dirigían directamente al patio, donde se los hacía bajar y se los metía en las celdas.

El patio que recorren los cronistas con Leonardo Fossati se conserva igual a como estaba en los 70, quizás más deteriorado. El pasto crece entre los resquicios que dejan las baldosas, otro sector tiene piso de cemento. Allí se detenían los autos y camionetas de los grupos de tareas que trasladaban a los secuestrados.

Los testimonios de los sobrevivientes en el juicio por el Circuito Camps y en la causa por robo de bebés han permitido reconstruir minuciosamente la arquitectura y la dinámica del sector donde funcionaba el centro clandestino.

-Luego de la recuperación de la democracia se realizaron algunas modificaciones, pero la gran parte de la estructura se mantiene sin modificaciones -explica Leonardo antes de iniciar el recorrido por las celdas.

Había un cuarto de guardia desde donde, a través de una puerta de chapa con rejas, se entraba a un pasillo con una pileta que llevaba a cuatro celdas muy pequeñas, de aproximadamente dos metros por uno, y un baño. Desde la misma galería donde estaba el cuarto de guardia se accede a otras tres celdas: una larga y angosta, otra del mismo largo pero mucho más ancha y una más pequeña.

-En sus testimonios, algunos sobrevivientes contaron que en la celda más grande muchas veces había tantos detenidos que tenían que turnarse para poder sentarse o acostarse. A veces pasaban tres días sin comer y cuando llegaba algo era apenas un caldo con alguna papa y huesos .

La oscuridad y la humedad de las celdas parece meterse dentro del cuerpo. Salir nuevamente al sol y encandilarse es un alivio, pero todavía hay más.

A la izquierda del patio, mirando desde la puerta de entrada de la Comisaría, había otros cuatro calabozos. Al primero, donde alojaban a las mujeres, se entraba por una puerta de rejas cubierta a medias por una chapa de hierro. La chapa dejaba libre la parte superior y la inferior de la puerta de rejas. Franqueando la puerta se ingresaba a un recinto rectangular de alrededor de seis metros de largo por dos de ancho que tenía una claraboya en el techo. Sobre la pared opuesta a la puerta de entrada había cinco calabozos pequeños, de dos metros por uno con puertas de hierro, en uno de los cuales había una letrina.

-Durante el día, las puertas de los calabozos más chicos estaban abiertas, así que las secuestradas podían salir, con la venda de los ojos baja, y a veces ver sin ser vistas podían asomarse a ver lo que pasaba en el patio. Miraban a través de unos agujeros chiquitos que tenía la chapa.

El recorrido sigue: la cocina-maternidad, otro calabozo, una letrina, un lavatorio, una ventanita que comunicaba una celda con un baño donde llevaban a las mujeres para bañarse. A través de esa pequeña ventana, a veces lograban burlar la vigilancia y comunicarse con sus compañeros.

Leonardo no sabe si su madre, de 17 años, embarazada de siete meses, y su padre, Rubén Leonardo Fossati, de 22, pudieron hacerlo alguna vez.

El secuestro de Inés y Rubén

Rubén Leonardo e Inés vivían juntos en Quilmes. Ella estaba embarazada de 7 meses y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES); Rubén, estudiante de Historia, en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Fueron secuestrados el 21 de febrero de 1977 en la esquina de Islas Malvinas y Baranda, en esa ciudad.

-Mi papá esperaba a mi mamá en un bar, donde iban a encontrarse con la hermana gemela de mi mamá. Desde ahí vio cómo la secuestraban en la calle y salió. Se lo llevaron a él también .

Hay testimonios que ubican a ambos en el CCD de Arana, en las afueras de La Plata, desde donde fueron trasladados a la Comisaría Quinta. Allí, en la cocina-maternidad clandestina, nació Leonardo el 12 de marzo de 1977. Los carceleros permitieron que Inés lo tuviera con ella, en su celda, durante cinco días, y luego se lo llevaron.

Adriana Calvo de Laborde relató que le prometieron a Inés que se lo iban a entregar a sus familiares, pero ya habían decidido otro destino para él.

En busca de la identidad robada

-A mí me crió una familia de buena fe, a la que le mintieron sobre mi origen. Ellos me anotaron como hijo propio, creyendo una historia de abandono, de una estudiante que había venido a La Plata, había quedado embarazada y que no quería quedarse conmigo. Esa fue la historia que les contó una mujer, partera, que me entregó. Entonces me inscribieron como hijo propio, eligieron aceptarme de algún modo con esa historia – cuenta ahora Leonardo.

El recorrido ha terminado y la charla sigue en el anexo de la Abuelas de Plaza de Mayo, un sector remodelado y transformado también en centro cultural, ubicado en un terreno lindero, que no formó parte del Centro Clandestino de Detención.

Leonardo creció sin saber que su familia no era su familia de sangre, que había sido adoptado ilegalmente. Cuenta que recién cuando estaba en el colegio secundario empezó a tener dudas: no se parecía en nada a sus padres de crianza.

-Tampoco tenía ni una sola foto de ninguno de los dos embarazos, ni de mi hermana de crianza, que tampoco es hija biológica de ellos, ni mía, pero sí teníamos infinidad de fotos de bebé, desde el primer día que llegamos hasta toda nuestra infancia y adolescencia teníamos muchas fotos. Mi familia de crianza era un matrimonio mayor, que tenía la edad de los abuelos de mis amigos. Entonces todas esas dudas se iban sumando y fueron generando en mí una idea de que yo podía ser adoptado.

Al mismo tiempo, otra idea se iba formando en su mente. Sin conocer lo que les había dicho la partera a sus padres, imaginó una historia parecida. Por entonces no se le ocurría que podía ser un hijo de desaparecidos. Eso postergó durante años la búsqueda de su identidad.

Me fui haciendo a la idea de que podía ser adoptado, pero también, en mi imaginación, me fui formando una idea de que había sido abandonado. Esas eran las historias de adopciones que yo conocía hasta ese momento. Entonces me decía: “Bueno, tal vez no sea hijo biológico es esta familia, pero si no lo soy es porque me abandonaron, entonces prefiero quedarme con ellos que me eligieron”. Y así mi cabeza acomodó en un cajón mental esta historia durante años.

Fue su propia paternidad lo que hizo que se decidiera a buscar sus orígenes, siempre sin pensar que podía ser hijo de desaparecidos.

-Fui padre muy joven, a los 20 años. Transitar la paternidad me hizo pensar en qué terrible debe ser abandonar un hijo, las cosas que deben pasar por la cabeza de la persona que lo hace. Además, ya no era mi historia, era también la historia de mi hijo también. Eso me hizo preguntarles a mis padres de crianza y, bueno, ellos me contaron que durante años hicieron trámites para adoptar un hijo, pero que no lo conseguían, y que entonces apareció la partera… Bueno, esa historia.

Decidido a rastrear su verdadera identidad, Leonardo intentó contactar a la partera, que había vivido en el mismo barrio. Cuando fue a la casa donde había tenido su consultorio supo que había muerto hacía unos años y que la familia que vivía allí no tenía ningún parentesco con ella. Sintió que se le cerraban todas las puertas.

Una improvisación decisiva

Por entonces, Leonardo trabajaba en una empresa mayorista de turismo y estudiaba teatro. Ya tenía 27 años y seguía sin pensar que podía ser hijo de desaparecidos. También se había convencido de que sería imposible saber quiénes eran sus verdaderos padres y, quizás, encontrar a alguno de ellos. Fue un ejercicio de improvisación teatral lo que lo hizo retomar la búsqueda.

-Nos propusieron, con una amiga que estudiaba conmigo, que hiciéramos un ejercicio de improvisación. Yo elegí improvisar los últimos cinco minutos de mi vida. Ahí improvisé, entre otras cosas, que me arrepentía de no haber podido saber realmente quién era. Después, mi amiga me preguntó si era verdad lo que había dicho y le dije que sí. Ella me dijo que por qué no iba a Abuelas.

Le costó hacerse a la idea. Las historias que conocía de hijos apropiados eran casos emblemáticos, donde la familia de crianza era responsable o cómplice de los apropiadores. No cerraba con la historia de la partera que le habían contado sus padres adoptivos. Además, no daban el perfil: era una familia poco politizada pero con simpatías radicales, que había celebrado la recuperación de la democracia y que consideraba a la última dictadura como una etapa negra de la historia argentina.

Demoró más de un año en decidirse, hasta que finalmente se acercó a la filial de Abuelas de Plaza de Mayo en La Plata.

Corría 2004. Un año después supo la verdad y recuperó la identidad que le habían robado cuando lo sacaron de la Comisaría Quinta.

Leonardo dice que sin el apoyo y la contención de las Abuelas el reacomodamiento de su vida, el saber sus orígenes, que sus padres estaban desaparecidos habría sido mucho más difícil.

Empezó a conocer las historias de otros nietos, a compartir experiencias, dudas, dolores, y también a acompañar a “las viejas” cuando participaban en actos o daban testimonio. Cuando un nuevo nieto recuperaba, como él, su identidad. Poco a poco se fue sintiendo parte y a colaborar con ellas.

Cuando este año se inauguró el Espacio para la Memoria de la ex Comisaría Quinta no dudó, quería estar ahí. Ser parte de su transformación no sólo en un lugar de memoria sino en un ámbito vivo, de arte y cultura, siempre relacionados con la defensa de los Derechos Humanos.

Ya conocía el lugar, porque había participado de la inspección ocular durante el juicio del Plan Sistemático de robo de Bebés.

-Hasta ese momento había pasado por la puerta varias veces y nunca me animaba a acercarme demasiado. Y esa fue la primera vez porque participé de ese juicio y entonces le encontré un sentido. vine con todo el tribunal, con testigos y la verdad es que fue muy fuerte… De pronto estaba mirando con ojos de que por acá pasó mi mamá y mi papá. Pero también tuve la certeza de que a ese espacio había que cuidarlo y recuperarlo. Y acá estoy, con las compañeras que integran el equipo este Espacio, haciendo una búsqueda en conjunto, profesional, muy dedicada, muy comprometida y con una razón de ser superadora, que tiene que ver con reivindicar este lugar.

-Acá mi historia personal se integra con la historia colectiva.

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