El espíritu tribal tiene evolución lenta

Los mestizajes le quitan el sueño a mucha gente. Para algunos, amalgamar es una aventura que tiene recompensa. Parece cool. Para otros, es una amenaza a lo que somos: los hijos saldrán diferentes, se va a perder -nadie lo dice hoy así, pero la idea subyace- una cierta idea de pureza o de tradición de sangre. Es racismo con otras palabras.

La evolución tribal es lenta. Cuando una persona de piel clara forma pareja con una de piel bien oscura, a muchos les cuesta intuir a la mujer y al hombre que hay detrás. Ven dos prototipos y cuestionan cómo se llevarán, qué hay de extraño entre ellos, si es una apuesta demasiado jugada. Menos aún se preguntan sobre qué los enamoró o quién cocina. No son sólo ellos, son ellos con su mochila racial a cuestas: lo que se ve es más importante que lo invisible, a diferencia de El Principito.

Los mestizajes no son siempre visibles. También nacen por el origen o la religión. Yo, por ejemplo, soy judío y mi esposa, católica. Nada que no sea usual por estas latitudes. Solemos celebrar unas y otras fiestas para que los chicos tengan idea de sus dos raíces. Esto nos hizo entender que el mestizaje de diferentes líneas religiosas también lleva su paradoja, su desafío. Nunca sufrimos un vacío pero sí una sensación de que uno es bienvenido en una iglesia o en un club de la colectividad en tanto se asuma como parte del catolicismo o del judaísmo, según corresponda. No hay lugar para buscar denominadores comunes. Las religiones descreen de los ámbitos ecuménicos salvo grandes ceremonias institucionales que a veces saben a relaciones públicas. Ser-con-el-diferente suena a deslealtad y, desde cierto lugar del dogma, quizás lo sea porque el dogma es eso, inflexible.

Piel, religión, libertad son términos que se entrecruzan a diario. Se han usado para dividir cuando -curioso- es la base que nos hace humanos, similares. Por eso nos sentimos atraídos, aunque para algunos esa atracción sea un peligro. No sé si habrá fórmulas mágicas para quebrar los prejuicios. La mía es sencilla pero efectiva: animate a conocer al que tenés al lado. Suele valer la pena.

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