El Brexit, la renuncia de May y la sonrisa de los halcones

La pausada pero finalmente anunciada renuncia de la conservadora Theresa May exhibe, en los despojos de su gobierno, la capacidad autodestructiva que guarda el experimento del Brexit. Hay ahí una señal, quizá la más poderosa, que debería ayudar a contener el aluvión nacionalista que se ha multiplicado por Europa y el resto del mundo. Pero tampoco se debería apostar completamente a esa evolución o a suponer que esta dimisión abrirá la puerta del regreso de Gran Bretaña a la normalidad. Solo basta comprobar que los sectores más duros e inflexible del Reino son los que aparecen como favoritos para encaramarse en el poder detrás de la noción acabadamente falsa de una Europa arrodillada frente a la rebeldía de Londres.

El Brexit es uno de los productos más resonantes del nacionalismo a ultranza de esta etapa. Nació en el referéndum de 2016, cuando los británicos dieron la victoria por apenas poco más de uno por ciento al divorcio de la Unión Europea. El argumento de los adalides de la ruptura fue un manojo de mentiras y paranoias sobre una amenaza inmigratoria inexistente y los beneficios igualmente ficticios que el país obtendría si dejaba el gran buque de Bruselas. Después de tres años de tensiones, con un gobierno que perdió decenas de ministros y con una legión de empresas y bancos listas para huir al continente, son sin embargo aquellos jinetes implacables quienes van favoritos para relevar a la mandataria dimitida.

El ex canciller Boris Johnson, quien impulsó un Brexit sin acuerdo, con el convencimiento de que la UE recularía acobardaba por la salida de la principal plaza financiera del continente, figura en primera línea para alcanzar el gobierno británico. En las actuales elecciones parlamentarias europeas, el Partido del Brexit, sucesor del UKIP, un movimiento ultranacionalista que comanda el eurofóbico Nigel Farage, se encamina a una victoria arrasadora. Según un sondeo del instituto Opinium que publica The Observer, esta formación obtendría más apoyo que la suma de votos que cosecharían conservadores y laboristas. Los liberales, que defienden la unión con Bruselas, superan por muy poco a la decadente fuerza conservadora. Es un resultado que aplaudirá desde Washington Donald Trump, amigo de esos dos políticos y uno de los propulsores descarados del Brexit y de cualquier opción que debilite al multilateralismo europeo.

El escenario en el Reino demuestra así que la grieta que reflejó el referéndum de 2016 no ha menguado pese a la innecesaria pesadilla que atrapó al país. Tampoco parece haber cambiado la realidad la constatación de que esta crisis acabó fortaleciendo menos que debilitando a Bruselas que aparece como el gran ganador del incendio británico.

May heredó el desastre de su antecesor tory David Cameron, quien llamó al referéndum de 2016 en el convencimiento de que una victoria, que daba como segura, lo fortalecería y fulminaría la presión redoblada de los eurofóbicos de su partido. Salió mal. La premier no integró nunca la vereda conservadora de los rupturistas. Acorralada por una lluvia de presiones, particularmente del empresariado, pactó con Bruselas un camino intermedio, atenta a que la salida a los portazos destruiría el lugar privilegiado de la economía del reino.

En ese acuerdo, Londres seguiría atada a la UE resignando su capacidad de influir en el diseño de las normas comunitarias que seguirían regulando al país. Además se mantendría una frontera porosa entre las dos irlandas, una necesaria construcción deforme que evite la reanudación de un conflicto que arrasó con esas comunidades. El resultado fue que, incluso quienes rechazaban el divorcio, se opusieron por el retroceso de poder que implicaba para el país. Y desde ya los fundamentalistas que defendían la ruptura como un elixir, Johnson, Farrage o el propio Trump. El dato que anticipan las encuestas sobre el capítulo británico de las elecciones europeas es elocuente de la fortaleza de la división interna que disparó esta aventura.

El acuerdo perdió tres votaciones seguidas y en el camino se pulverizó el gabinete de May. Enfrente, el partido Laborista de Jeremy Corbin, se mostró por momentos más inflexible que los propios conservadores en la defensa del voto del referéndum y perdió una enorme oportunidad de representar a los desencantados con este desastre. 

Un hecho revelador de la dinámica de estas tensiones es que entre los mayores enemigos de la ruptura se encuentra el propio establishment británico, financiero y empresario. Sin embargo ese poder no fue suficiente para torcer un destino que ahora solo promete agravarse. 

El año pasado cinco de los mayores grupos económicos del Reino usaron la palabra “horror” para reprochar que la política se embarre en disputas partidistas mientras todo se derrumba a su alrededor. En su perspectiva, el Brexit abre un panorama “de enormes costos aduaneros y de destrucción de las cadenas de aprovisionamiento”. Esa preocupación no es exagerada. El gigante Airbus anunció que se verá forzado a salir del país si no hay acuerdo con Bruselas. La división motores de la legendaria Rolls Royce comenzó en 2018 a almacenar repuestos para disminuir los daños. Nissan, BMW y Jaguar Land Rover reconocieron que la situación se ha tornado inestable. Del lado de los bancos, el Deutsche, Goldman Sachs y Citycorp han mudado ya partes de sus negocios de Londres al continente. La Ford norteamericana pidió especialmente a May que detenga ese proceso por el daño que implica a su negocio o seguiría también el camino de salida. Panasonic organizó el traslado de su cuartel general desde Londres a Amsterdam.

El Brexit excede el marco de la crisis británica. Es el más poderoso ariete lanzado hasta ahora contra la unidad europea. Pero también la bandera de los nacionalismos que surgieron aupados en la frustración de grandes sectores de la población del continente que visualizan en Bruselas la responsabilidad por el colapso social y económico que atravesó el Continente. El “austericidio”, que propulsó especialmente Alemania a lo largo de la década de los ‘90, es la usina de estos extremismos populistas del mismo modo que el liderazgo de Trump es una consecuencia de la crisis de 2007 y 2008. En la medida que esos abismos no se resuelven, su efecto se mantiene y multiplica. 

Las elecciones europeas están encendiendo esas luces. El visible crecimiento del partido ultra de Marine Le Pen en Francia, la consolidación aparente de Mateo Salvini en Italia y lo que señalamos del Partido del Brexit en el Reino Unido, son ejemplos de este comportamiento. Es cierto, sin embargo, que sucede en un panorama que no es homogéneo y donde aún tiene alguna oportunidad la política tradicional. Pero puede ser efímero. Los nacionalismos que alimentaron los conflictos del siglo pasado, se disolvieron con los acuerdos que dieron nacimiento a la Unión Europea, en la comunidad del Carbón y del Acero. Básicamente entre Alemania y Francia. El condimento de ese histórico reencuentro fue el rechazo a la idea excluyente de la soberanía nacional y el impulso a la contención social para brindar previsibilidad a sus habitantes. 
​Copyright Clarín 2019

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