De vendedor de artículos de limpieza a director técnico estrella: la historia de Sebastián Beccacece

Es una noche cualquiera de la década del 90. A la mesa, en una casa del barrio La República, al oeste de Rosario, Santa Fe, ya están sentados el padre y sus tres hijos varones. Mientras la madre ultima detalles de la cena, la charla comienza. Hace unas horas jugaron al fútbol en el club. De los tres chicos, dos repasan jugadas, cruzan consejos. Jugaron bien, regular, qué importa: jugaron. El tercero es Sebastián Beccacece.

—Yo sufría bastante porque no jugaba mucho. Al tener un hermano mellizo con el que jugábamos juntos con los amigos del barrio, más. El tema de estar siempre más del lado de afuera, de suplente, era un tanto traumático. Cuando terminaba el partido y conversábamos en la familia, de los tres el que menos jugaba era yo. Era un tema interno más que nada, nunca me lo hicieron sentir. Jugar poco termina siendo bastante traumático si no lo sabés vivir bien. Haberlo vivido está bueno para hoy poder transmitirlo a jugadores que no se sienten parte.

—¿Por esto dejaste de jugar?
—Yo percibía que no iba a tener la posibilidad de trascender, de destacarme. Me parece que fue una muestra de madurez. A una edad donde generalmente nadie piensa de esa manera, me preguntaba ¿voy a poder destacar en esto? ¿Voy a poder triunfar?, cuando más que nada se piensa en jugar, en disfrutar. Tuve esa visión, de darme cuenta tempranamente que no tenía las condiciones naturales. Era tanto lo que me gustaba y lo que me apasionaba este juego que de alguna manera quería tener un espacio. En el fútbol las condiciones, a esa edad, termina siendo una manera de ser excluido o no.

—¿En el pan y queso?
—Exacto. Sin embargo yo notaba que tenía cierto deseo en los compañeros de ser escuchado. Era extraño, porque si vos no jugás bien generalmente te hacen a un lado. Y bueno, lo hacía: hablar más que poder jugar bien. De chico tenía esa intención de poder comunicar más que nada, de poder unir y transmitir. Y me gustaba.

—¿De qué jugabas?
—De lateral derecho. Sin demasiada proyección (ríe). Era el básico.

—¿Qué te faltaba, además de la proyección?
—Condiciones naturales. También a cierta edad saber que sos bueno en algo alimenta tu autoestima. Cuando sabés que no tenés ese potencial tenés que suplirlo con algún otro mecanismo que no sea el talento.

Con un presupuesto bastante inferior, Beccacece le peleó a Racing con su equipo, Defensa y Justicia, el campeonato local hasta la anteúltima fecha. Ya lo había llevado a lo impensado en 2017: jugaron una -la primera- copa internacional, la Sudamericana, le ganaron al San Pablo y lo eliminaron en el Morumbí. De Defensa se fue por un rato, cuando en junio de 2017 Jorge Sampaoli lo convocó como su ayudante en la selección nacional. A los pocos días de que la AFA y él anunciaran su desvinculación consensuada al regreso del Mundial de Rusia 2018, volvió al club.

Con Sampaoli tiene una historia de más de 15 años. Antes de la selección argentina habían trabajado juntos en la chilena, en la Universidad de Chile y, también en ese país, en el Club Deportivo O’Higgins. En Perú lo hicieron en Sport Boys y en Sporting Cristal. Pero antes de todo eso y antes de entrenar infantiles en Renato Cesarini, Beccacece fue vendedor.

—¿De qué trabajas con tu papá?
—Mi papá distribuía artículos comestibles y de limpieza. Lo acompañaba a trabajar de chico. Cuando yo tenía 17 años la idea fue extender un poquito el negocio, entonces salimos a armar nuevas zonas para buscar clientes. Ahí mi tarea fuera la de vendedor.

—¿Eras bueno vendiendo?
—Me las rebuscaba. Trataba de convencer a los clientes que optaran por nosotros. Trabajaba a la mañana, de 6:30 a 12 y ya después me iba a Renato Cesarini (a entrenar chicos), que era el espacio donde hacía lo que me gusta. Lo otro era trabajar para tener el peso para poder vivir. El tema de ser vendedor también tiene que ver con algo de generar un convencimiento. La competencia en la calle era muy grande. Me permitió ver de qué manera entrarle a cada cliente de manera diferente. A la noche estudiaba Educación física, que era también mi vocación.

—¿Tenías algún discurso cuando se complicaba la venta?
—Siempre trataba de generar un lindo vínculo y de que el cliente se sintiera bien atendido, escuchado. En la calle no tenés mucho tiempo y tampoco lo hay para ser escuchado. Uno quiere ir, levantar el pedido y salir a hacer el otro. Yo escuchaba los problemas que tenían.

Su mellizo, Aníbal, llegó a jugar en Central Córdoba, en el Nacional B. Federico, un año menor, lo hizo en Juan XXIII, en la primera local de Rosario. Con ellos, sus papás y amigos del barrio, se subió a una camioneta el 9 de julio de 1991. El destino era el Monumento a la Bandera: Newell’s le había ganado a Boca en la Bombonera y era el campeón del torneo Clausura. Sebastián tenía 10 años, aún faltaban cinco para que lo dejaran viajar a ver partidos en los micros que organizaba Amelia, “una señora divina que sacaba colectivos con hinchas”.

—¿Viste el video en el que caminás por el mundo? Cruzás océanos, te cruzás con C3PO, de Star Wars…
— Sí (ríe). Fue un momento de risa sobre todo en la concentración. Los chicos estaban desayunando y yo veía que se reían de algo. Empecé a escuchar la musiquita (del video), la reconocí porque ya me lo habían mandado. Me acerqué y enseguida escondieron los teléfonos.

—¿Calculaste alguna vez cuánto caminaste? 
—No, ¡la verdad que no tengo idea! Hoy lo vivo de esa manera. Con el tiempo tal vez pueda encontrar estar más quieto. Son formas de procesar la ansiedad, el sufrimiento.

—¿El título de entrenador lo obtuviste por Internet?
—Sí, porque lo empecé a cursar en Rosario. Producto, gracias a Dios, de tener siempre trabajo, sobre todo en el exterior, no me permitía cursar. Antes para cursar tenías que tener 25 años, yo tenía 22, era imposible. Entonces me anoté para hacerlo virtual.

—Tenías 22 años cuando viajaste a Perú para trabajar con Jorge Sampaoli. ¿Cómo viajaste?
—¡Me había preparado tanto para ese momento! Tres años esperándolo. Al otro día de haber sacado el pasaje en avión, en ese momento viajar en avión no era algo sencillo, era algo selectivo y bastante caro, Jorge me llamó. Me dijo “fijate lo del pasaje porque perdimos y no estamos bien. Tenemos ciertas dudas en la continuidad”. Iba una fecha, habían perdido con Sporting Cristal. Fue un golpe porque venia armando el viaje hacía meses. Lo que hice fue devolver el pasaje y viajar igual, pero en colectivo. Mucho más barato y, en caso de llegar allá y que Jorge no estuviera, si había que pegarse la vuelta no sentir ese impacto económico. Fue un viaje largo: tres días. Recuerdo la salida de la estación de colectivos. Fueron, además de mi familia y mi compañera, Pato, los chicos del club, El Luchador. En ese momento no había celulares, no existía esta forma directa que tenemos hoy para comunicarnos. Recuerdo que paré al día y medio en un lugar a comer y puse un cospel para avisar que estaba bien.

—Te llevo a una escena de Rusia. Estás repartiendo pecheras a los jugadores, titulares. Te dicen que a uno no. ¿A quién le habías dado la pechera?
—¿Me dicen que no?

—Alguien te dice no, “a él no”.
—No lo recuerdo así. Nunca existió eso de entregarles la pechera y a uno y decirle que no. Hay un montón de cosas que dieron vueltas y cuando se instalan rumores tan fuertes se terminan haciendo verdaderas cosas que no son. Como eso de que me distancié de Leo o que le grité: nunca existieron. Hasta el día de hoy tengo una linda relación, un lindo vínculo con él y con un montón de chicos. Aunque no tuvimos la posibilidad de que las cosas salieran mantengo esa relación. Y es con lo que me quedo.

—Al poco tiempo de volver del mundial de Rusia, te preguntaron qué era lo que más habías aprendido. Respondiste “a sufrir”. ¿Tanto sufriste?
—Y… se sufre. Pero se sufre mucho cuando se instalan cosas que no son reales. Te genera impotencia. Pero aprendí a convivir con eso. Pero que aprenda a convivir no significa que no duela. En un momento se hablaba más del ayudante que del entrenador. Esas cosas, ¿de dónde salían?, ¿quién las instalaba?, ¿por qué tanta trascendencia? Siempre busqué tener un perfil bajo. Lo hago hoy desde el primer lugar que tengo, imaginate cuando era un rol secundario.

— ¿Te dolió más eso que el resultado futbolístico?
—El resultado futbolístico fue consecuencia de un proceso que nunca terminó de prender. En cierta manera uno internamente se iba conduciendo hacia ese lugar. Sabía que era difícil que llegara. Uno cree mucho que los resultados terminan llegando producto de un funcionamiento, de un proceso que, a lo largo de ese corto período, nunca existió. La verdad a mí no me sorprendió demasiado.

—La viste venir.
—Empezó bien y en algún momento empezó a decaer, fue jugando bastante con esto de subir y bajar y no se llegó de la mejor manera.

— En julio del 2010 te llamó Bielsa para ser asistente suyo.
—Me llamó en el 2007 primero. Lo llamó a Jorge para pedirle autorización, ver si podía hablar conmigo. Jorge le dijo que sí. Me invitó a una oficina de trabajo para observar partidos. Yo estaba en un momento difícil, nos habían echado de Sporting Cristal. Habíamos trabajado 5 años en Perú esperando llegar a un equipo grande, y cuando llegamos no nos salieron bien las cosas. A eso se sumaba una situación de salud complicada de mi viejo. Pero fui porque Marcelo fue la persona que me inspiró, que me llevó a pensar y darle una vuelta siempre a las cosas no solamente vinculadas al juego sino a un montón de replanteos y de preguntas. Estaba por armar un nuevo equipo de trabajo (sus asistentes, Vivas y Torrente, ya estaban dirigiendo). Yo tenía muchos deseos de poder hacerlo, pero llevaba trabajando con Jorge 5 años. Por un lado tenía esa sensación de lo que correspondía y por el otro lado la sensación de lo que deseaba. Pero hay que hacer lo que corresponde, más allá de los deseos. Jorge me había dado la posibilidad de cumplir mi sueño de trabajar en el fútbol profesional con 22 años. Marcelo lo entendió, agradeció y generamos un lindo vínculo.

—Dijo alguna vez que su esposa le recomendó mirar a los ojos al hablar. ¿Te mira a los ojos?
—Sí, sí, sí. Marcelo es de una sensibilidad extrema y una persona muy noble y muy capacitada. Al tiempo coincidí con él en un vuelo de regreso de Chile a Rosario. Yo volaba para acompañar los últimos días de mi papá y Marcelo venía de jugar un partido con Colombia en Eliminatorias. Fue un viaje en el que me acompañó en el dolor. Viajamos hablando un poco de eso.

—Sos admirador de Bielsa, DT de los más metódicos y preparados, se quedó afuera en primera ronda en Corea del Sur-Japón 2002. ¿Qué te pasa con el azar?
—Esas cosas pasan para entender que uno no puede tener controlado todo, que por más que uno planifique y que uno imagine y trabaje horas y horas como lo hacía él y su grupo, hay situaciones que son de azar, porque el juego tiene un grado azaroso. Muchas de las cosas que nos pasan son para aprender que hay otras maneras. Creo que él lo supo canalizar y bajar a un montón de conceptos. Mucho sufrimiento traducido en mejoras.

—¿Tenés tatuajes?
—Sí, en el hombro tengo una estrella de Newell’s con el año 74 [primera vez que salieron campeones]. También en la espalda, uno grande, que diseñé: es una pelota de fútbol como si fuese mi mundo. En cada gajo tiene situaciones y personas importantes en mi vida. Mi viejo, mi vieja, mi compañera, Pato, mis hijas, Agustina y Victoria, mis hermanos, mis amigos, el club de barrio, Newell’s.

—¿Quién es Byung Chul Han?
— Es un filósofo surcoreano. Analiza todo lo que tiene que ver con la sociedad, habla de la sociedad del cansancio.

—¿Del cansancio?
—Sí, esta sensación de que uno mismo ahora se somete con “bueno dale, vamos a emprender esto, este proyecto autónomo”. No es otro el que somete, es uno mismo. También habla de la exposición, que pareciera que hoy todos se quieren exponer, todo se debe vender. Habla de estar en un mercado. Y de parecer. Es un libro que siempre aporta miradas nuevas.

—¿Tenés algún sueño recurrente?
—Ahora no. Cuando era chico soñaba que hacía muchos goles (ríe). Estaba bueno soñarlo. Por lo menos en los sueños lo viví. Generalmente uno sueña también lo que no tiene, lo que no hace. Recuerdo la sensación de la alegría de sentir hacer un gol, de ser abrazado por mis compañeros.

—¿Por qué te dicen Chefa?
—De joven me decían. Supuestamente a los Sebastián les dicen Chefa, pero la verdad es que soy el único Sebastián que conozco al que le decían así.

—¿Qué otros apodos tenés?
—Por el pelo largo me vinculan con gente de pelo largo. Caniggia era uno. ¡Ojalá hubiese tenido un poquito del talento de Caniggia!

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