Contra el arte que te dice cómo pensar

De origen estadounidense, pero con años residiendo en Londres, Ralph Rugoff tomó la temprana decisión de reducir drásticamente la cantidad de artistas convocados, para desplegar más obras de cada uno. Esta es la conversación que tuvimos la semana pasada, en sus oficinas en el Arsenal.

–Hay muchas alusiones a los muros; está el de la mexicana Teresa Margolles en Ciudad Juárez, y en varios artistas, el muro que ponen las cámaras de vigilancia. Porque supuestamente los muros están para proteger tu intimidad pero finalmente son superfluos. Las tomas del fotógrafo indio Soham Gupta muestran a gente que está aislada, del otro lado de un muro intangible. La idea de que queremos contener y controlar nuestras posesiones también está en numerosas obras. Cosmorama, el diorama de Dominique González-Foerster sobre el paisaje de Marte, presupone muros conceptuales.

–¿Qué hay de las noticias falsas? Hay en todos una mirada corrosiva sobre los medios masivos y descreimiento en la categoría de verdad. Por ejemplo, en las dos extraordinaria videoinstalación de la alemana Hito Steyerl. Claro que todo está solo aludido.

–Bueno, sí, claro; no me gusta nada el arte que le dice a la gente lo que debe pensar… Me gusta el que me provoca pensar, en lugar de darme una respuesta. Es el caso de Steyerl; incluso en su video sobre el submarino de Leonardo da Vinci, dispara en múltiples direcciones; te lleva a la realidad virtual y la relación con la tecnología, pero también a la historia de Venecia y el futuro de una ciudad que se hundirá. Lo que definitivamente une a muchas obras de las obras es una indagación en cómo se conectan las cosas: los lugares, las ideas, los lenguajes del arte. Pensá en el gran mapa digital del artista y compositor Ryoji Ikeda, También hay otra sección donde las obras se comunican entre sí por sus inquietantes dobles (dopplegänger).

–No siempre queda muy claro el criterio que envía algunas obras al Arsenal y otras a los Giardini.

–Es que siempre hay muchas maneras de mirar las mismas cosas; por eso, para empezar, hay dos muestras: Propuesta A y Propuesta B, con los mismos artistas. Lo que implica que puede haber propuestas C, D, E y así siguiendo… Y me interesa destacar qué grandes diferencias hay dentro de la obra de cada artista. Por ejemplo, los magníficos cuadros de Nicole Eisenman no hacen sospechar su extraordinaria escultura: los primeros están en Giardini, las esculturas en el Arsenal. Quise hacer evidente que cada expo es contingente; las obras podrían recombinarse con otro sentido.

–Por momentos, el recorrido sugiere que la reflexión sobre la tecnología y su papel en el arte futuro es una preocupación tan dominante como el cambio climático. Está también en la afirmación muy fuerte del low-tech como artesanado. Pienso en las falsas máscaras africanas de Cameron Jamie…

–Jaja! Sí, ¿no son geniales? ¡Él es nuestro artista más primitivo! Pero no imita ni cita al arte africano de las máscaras, sino que devela y recupera un viejo ritual alpino. Y de hecho, sí, tenemos muchas máscaras. También hay low tech en los yunques que instaló Michael E. Smith en el Jardín de Esculturas, diseñado por Carlo Scarpa. También tenemos el falso pabellón Neverland. Turco pero de familia kurda, Halil Altindere tiene su pabellón propio; es solo una fachada como en Hollywood, e implícitamente invita a los inmigrantes a refugiarse aquí. Esa es otra noticia falsa, ¿no?… Es un set y, aunque cita la mansión de Michael Jackson, hay que recordar que en Peter Pan, es la tierra de nunca jamás, el país que no existe. Altindere usa el lenguaje de Hollwood para hacer una declaración muy crítica. No tenemos un lugar para los desposeídos en la Bienal. Es interesante, creo que dado el contexto global, en el que hay 66 millones de desplazados en el mundo, una población que supera las de países como Francia, Gran Bretaña e Italia, señalar que no tenemos lugar para ellos en los pabellones nacionales. Es que los desplazados ni siquiera tienen un ministro de Cultura.

–La Bienal dijo oficialmente que, por primera vez, había paridad entre artistas mujeres y varones. ¿Fue una iniciativa tuya remediar el desbalance histórico?

–No fue deliberado; y hay distintos modos de contarlo. Para mí, hay apenas uno o dos varones más. Es una diferencia insustancial. Tenemos tres artistas no binarios, de 79 no es un porcentaje bajo.

–Algunos pabellones nacionales trajeron obras sobre las nuevas identidades sexuales. Se dice que este tema está ausente en tu exposición.

–No concuerdo. Tenemos obras de artistas como la de la estadounidense Martine Gutiérrez y los tapices de la austríaca Ricky Müller, que toman el tema trans. Y además los retratos de Zanele Muholi, que lleva años con su proyecto Faces & Phases, un portofolio fotográfico de lesbianas sudafricanas. Y quisiera llamar la atención sobre la argentina Ad Minoliti, cuya obra trata el tema del género. Quizá sea que nuestra manera de interpretar el género está tan codificada que no reconocemos otras maneras de mostrar la diversidad.

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