Brasil, del sueño de superpotencia a la frustración: por qué su economía se estancó

Brasil era la décima economía del mundo a comienzos del milenio, con un PIB de 655.000 millones de dólares. Tras una década de crecimiento casi ininterrumpido, llegó a superar los 2.6 billones de dólares en 2011, y pasó a compartir el sexto lugar con el Reino Unido.

Jim O’Neill había inventado la sigla BRIC en 2001 para referirse a Brasil, Rusia, India y China, a quienes veía como los emergentes con mejores perspectivas de crecimiento hacia 2050. Las profecías del economista de Goldman Sachs parecían cumplirse antes de lo previsto, y muchos ya se imaginaban a Brasil como una superpotencia económica en un puñado de años.

El impacto de las proyecciones fue tan grande que los BRICS (la S corresponde a Sudáfrica, que se incorporó más tarde) formaron una organización que se reúne periódicamente desde 2009 y busca afianzar la cooperación entre ellos. Todos —especialmente los cuatro originales— poseen un vasto territorio, ricos recursos naturales y grandes poblaciones, condiciones propicias para alcanzar una expansión sostenida.

“En nuestras previsiones hasta el año 2025, esperamos una tasa de crecimiento medio anual ligeramente inferior al 4% para Brasil. Pero creo que podría crecer más de un 4%, quizás incluso más de un 5%”, decía O’Neill en una entrevista con la revista Época en mayo de 2009.

Sin embargo, los sueños se volvieron frustraciones. En 2012 comenzó un proceso de desaceleración que rápidamente se convirtió en la peor recesión de la historia brasileña. El crecimiento fue prácticamente negativo en 2014 y en 2015 y 2016 se registraron caídas de 3,5% y 3,3% en el producto. De una expansión esperada de entre 4% y 5% anual se pasó a un promedio de -0,47% entre 2014 y 2019.

El PIB brasileño cerró 2018 en 1.8 billones de dólares, un 30% menos de lo que valía en 2011. “Brasil representa actualmente entre el 2% y el 2,5% del PIB mundial. Para 2020, creo que estará cerca del 4%”, auguraba O’Neill en 2009. La economía brasileña retrocedió hoy a la novena posición a escala global y representa 2,2% del total, incluso menos que diez años atrás.

Al ver el PIB per cápita, que es una medida de la riqueza real de un país, ya que divide todo lo que genera por el número de habitantes, se tiene una magnitud aún más clara del retroceso. El Fondo Monetario Internacional estima que terminará este año en 9.343 dólares. En 2011 era de 13.295 dólares, un 42% más. Hay que remontarse hasta 2009 para hallar un nivel menor.

“Una prueba de la magnitud de la crisis brasileña es que es mucho más interna que externa. En el bienio 2015-2016 de crecimiento negativo, más del 90% de los países presentaron un mejor desempeño que el nuestro. Tanto en 2017 como en 2018, los dos primeros años después de la recesión, la situación mejoró ligeramente, pero aún así el rendimiento de Brasil fue débil en relación con el resto del mundo, ya que la actividad económica del 84% de los países estuvo por encima. Posiblemente, ésta sea también la peor década en la comparación internacional, al menos desde los 80. Según datos del FMI, el 91% de las naciones presentaron un mejor resultado que Brasil entre 2011 y 2018″, dijo a Infobae Marcel Grillo Balassiano, profesor de economía aplicada de la Fundación Getulio Vargas.

Razones de una desilusión

“Las causas del estancamiento son complejas y están asociadas tanto a factores económicos como políticos. El principal determinante estructural es la desindustrialización, que está en curso desde los 90 y que se acentuó en los 2000 debido al largo período de apreciación del tipo de cambio y a la competencia china. La industria es el sector más dinámico de la economía, el que paga salarios más altos y tiene mayores efectos de encadenamiento, hacia adelante, generando demanda de servicios, y hacia atrás, demandando productos agrícolas. Ese proceso estuvo acompañado por la invasión de productos importados y por un menor dinamismo de nuestras exportaciones manufactureras, lo que también tuvo efectos negativos sobre el crecimiento”, explicó Daniela Magalhães Prates, profesora del Instituto de Economía de la Universidad Estadual de Campinas, consultada por Infobae.

Los números de Brasil en los últimos años revelan la debilidad del modelo de desarrollo del país, que algunos analistas creyeron más robusto de lo que verdaderamente era. Lo cierto es que el notable avance que se produjo en la primera década de este siglo se apoyó fundamentalmente en dos pilares: la exportación de materias primas —principalmente de origen agropecuario—, cuyos precios alcanzaron máximos históricos gracias al milagro chino, y el aumento del consumo interno.

Brasil no fue el único beneficiado por el estallido de los commodities. Toda América Latina creció como nunca gracias a eso. De la misma manera, todos sufrieron las consecuencias del enfriamiento de la demanda china, que provocó una baja en las cantidades y en los valores exportados. Aunque es cierto que Brasil sintió mucho más fuerte el golpe.

Por otro lado, el incremento del consumo interno tiene siempre un límite. Si bien creció el poder de compra de la población, producto de programas de transferencia de ingresos como el Bolsa Familia y aumentos en el salario real, ese proceso llegó a su techo en torno a 2010. Brasil sigue siendo un país con una enorme pobreza y gran parte de la población tiene ingresos limitados, con poca capacidad de mover la aguja de la economía.

“El gran problema macroeconómico de Brasil es el fiscal —dijo Grillo Balassiano—. Tras 16 años de superávit primario entre 1998 y 2013, a partir de 2014 el país comenzó a tener déficit. Son cinco años consecutivos en los que se gasta más de lo que se gana, excluyendo el pago de intereses. Como resultado, la deuda bruta como proporción del PIB aumentó considerablemente: de un promedio de 55% entre 2006 y 2013, creció hasta alcanzar el 78% en la actualidad. Por eso la reforma de las pensiones es tan importante para el futuro del país, ya que el gasto previsional se corresponde en gran parte con los gastos primarios del país, lo cual es también un problema para los estados y los municipios”.

Más allá de los temores que existían en el establishment económico cuando Lula da Silva asumió la presidencia en 2003 por su historia vinculada a la izquierda obrera, en sus gobiernos mantuvo el esquema de responsabilidad fiscal de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso. Pero Dilma Rousseff, su heredera, fue mucho más desprolija en el manejo de las cuentas y llevó el déficit a niveles récord en 2016, su último año en el Planalto.

Grillo Balassiano destacó numerosos errores de política económica cometidos durante su gestión. “La alteración del régimen de tipo de cambio flotante, que pasó a ser fuertemente administrado. La adopción recurrente de artificios para alcanzar las metas de superávit primario, reduciendo la transparencia de la política fiscal. La reducción, sin que los fundamentos lo permitan, de la tasa de interés básica real y, por lo tanto, una mayor tolerancia con la inflación. Control de precios, especialmente de los servicios de utilidad pública y de la gasolina, como mecanismo alternativo de contención de la inflación. Además del debilitamiento de las agencias reguladoras, la expansión del crédito subsidiado y la reducción de la apertura al comercio internacional, entre otros”.

Desde una perspectiva teórica opuesta, Magalhães Prates consideró que la primera razón del estancamiento brasileño no fue el exceso de gasto público, sino su retracción en un momento de merma de la actividad, lo que habría agravado el problema.

“La recesión de 2015-2016 dejó a la economía brasileña con un amplio margen de ociosidad y endeudamiento de empresas y consumidores. Este contexto requería la adopción de políticas fiscales y monetarias anticíclicas, expansivas, para facilitar la reducción de los desequilibrios financieros y la ocupación de la capacidad ociosa, una condición previa, junto con la expectativa de un aumento de la demanda, para la reanudación de las inversiones. Pero ocurrió exactamente lo contrario. La política fiscal se volvió aún más restrictiva desde 2015 y el Banco Central ha sido excesivamente cauteloso con la política monetaria. Flexibilizar el gasto público es fundamental para detener el círculo vicioso de caída del gasto privado, empeoramiento de las cuentas públicas y más recortes para cumplir con los objetivos fiscales”.

Sobre todos estos problemas en la administración económica del país, cayó la crisis política como una bomba. Extremadamente debilitada por el impacto inicial de la recesión y por las denuncias corrupción contra toda la casta política, pero especialmente contra el PT, Rousseff se volvió un blanco fácil para sus adversarios. En un intento por calmar la indignación ciudadana y lavar sus propias culpas, los partidos de oposición en el Congreso, junto con el vicepresidente Michel Temer y el MDB —hasta ese momento aliado del PT—, se pusieron de acuerdo para destituirla a través de un impeachment, que se concretó el 31 de agosto de 2016.

La incertidumbre pasó a dominar la escena política. Temer impulsó varias reformas importantes, como la prohibición constitucional de aumentar el gasto público, pero era un mandatario considerado ilegítimo por la mayor parte de la población, que estuvo todo el tiempo a punto de caer. En esas condiciones era imposibles generar la confianza necesaria para reanimar la economía.

Al mismo tiempo, el sector corporativo fue víctima de su propia suciedad. Petrobras, que había sido uno de los motores del desarrollo brasileño, tuvo que reducir severamente sus planes de inversión luego de que el Lava Jato revelara una trama de corrupción que atravesaba a los principales partidos políticos. A cambio de sobornos, dirigentes de todos los colores con acceso a la petrolera les conseguían a diversos empresarios jugosos contratos de obra.

El caso sacudió a la clase política y terminó con decenas de funcionarios de alto nivel arrestados. Por un desprendimiento de esa causa fue encarcelado el propio Lula el 7 de abril de 2018. La Justicia dio por por probado que recibió un apartamento de lujo en la ciudad de Guarujá de manos de la firma OAS, una de las grandes beneficiarias del esquema de corrupción, junto con Odebrecht. La caída en desgracia de las mayores constructoras del país fue un elemento adicional que contribuyó a la parálisis.

La economía con Bolsonaro

El contundente triunfo de Jair Bolsonaro ante Fernando Haddad, el candidato de Lula, parecía haber terminado con la incertidumbre política. Su decisión de darle plenos poderes para manejar la economía a Paulo Guedes, un liberal ortodoxo de la Universidad de Chicago, despertó un entusiasmo inusitado en los mercados.

El Bovespa, índice bursátil de referencia en Brasil, alcanzó un récord histórico el pasado 18 de marzo, al superar por primera vez los 100.000 puntos. El alza había comenzado el mismo día de la asunción de Bolsonaro. En ese momento, varias consultoras privadas daban por concluido el ciclo recesivo y pronosticaban una expansión de hasta el 3% para 2019.

Pero bastó que transcurrieran 100 días de gobierno para que se hiciera evidente que hay problemas de gestión capaces de hacer naufragar a cualquier plan económico. La piedra fundamental del programa de Guedes es la reforma previsional. Establece una edad jubilatoria mínima de 62 años para las mujeres y de 65 para los hombres —actualmente no hay un mínimo—, y exige 40 años de contribución para acceder a una pensión completa —ahora son 35—. Sin el ahorro que permitiría, la economía brasileña quebraría en pocos años, según el ministro.

“La reforma de las pensiones es el centro de atención este año —dijo Grillo Balassiano—. Es una condición necesaria, aunque no suficiente para la recuperación del país. Pero depende de la aprobación del Congreso, y cualquier pequeña crisis política que pueda obstaculizar su avance trae volatilidad al mercado y aumenta la incertidumbre, lo que provoca una revisión a la baja de las proyecciones del PIB. Brasil está a la espera de lo que pase para comenzar a desbloquear el crecimiento, por más que no alcance y que otras reformas sean importantes, como la tributaria y la mejora del clima de negocios”.

Es todo un desafío para el gobierno de Bolsonaro, porque modificar el sistema jubilatorio requiere una enmienda constitucional. Eso significa que un partido que —como todos en Brasil— está muy lejos de la mayoría, necesita reunir el apoyo de 3/5 de ambas cámaras del Congreso. Eso sólo se consigue con capacidad de negociación, algo que de lo que esta administración no solo carece, sino que incluso recela.

Sin posibilidad de coordinar con el Poder Legislativo, lo único que hace Bolsonaro es atacar a sus autoridades, acusarlas de ser responsables de los problemas de Brasil, y enajenarse aún más su apoyo. La aprobación parece hoy muy lejana y Guedes ya anticipó que renunciaría si cayera el proyecto.

El inicio del gobierno de Bolsonaro es muy problemático. Hay fricción con los poderes legislativo y judicial, la política exterior es equivocada, falta definición sobre la necesidad de reformas estructurales, ya que sólo la de pensiones fue enviada al Congreso, a lo que se suma la política de contingencia del gasto fiscal. El escenario actual crea un ambiente de incertidumbre para las nuevas inversiones. Además, debido a la capacidad ociosa de la industria, pronto no habrá más stock de capital. Las reformas estructurales, las políticas macroeconómicas activas, incluidas las fiscales, la política industrial y la recuperación de la masa salarial son esenciales para que la economía brasileña vuelva a crecer satisfactoriamente”, sostuvo Fernando Ferrari Filho, profesor retirado de economía de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, en diálogo con Infobae.

El Bovespa perdió prácticamente todo lo que había ganado en el año y cerró esta semana en 93.627 puntos. La tasa de desempleo subió al 12,7% en el primer trimestre, mucho más de lo que se preveía meses atrás. Y las proyecciones de crecimiento del PIB no paran de rebajarse. El último relevamiento de expectativas del mercado difundido por el Banco Central las ubicaba en 1,24%, prácticamente lo mismo que los últimos dos años.

El mercado financiero se volvió excesivamente optimista con la elección de Bolsonaro. El efecto sobre los precios de los activos y el tipo de cambio fue inmediato: las cotizaciones bursátiles subieron, el real se apreció y las previsiones de crecimiento aumentaron. Pero el optimismo se basaba en la ilusión de que la política fiscal restrictiva y el choque neoliberal prometido por Guedes darían lugar a la reanudación del crecimiento. Hay distorsiones en el sistema de pensiones que deben ser corregidas, así como en la estructura tributaria, pero estas reformas no son condiciones previas para la reactivación. El mal desempeño del gobierno de Bolsonaro en los primeros cinco meses contribuyó al deterioro de las expectativas y, por lo tanto, de los pronósticos”, concluyó Magalhães Prates.

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