Astrid Margossian, la argentina que lleva su lucha contra el cáncer de mama a EE.UU.

A los 13 años se compró su primer microscopio con plata que le habían ahorrado y se sentía una nerd. Ahora trabajará en un laboratorio top de Seattle, en el campus que comparte con firmas como Amazon, Google y Microsoft. Luego de haber construido una carrera que la posiciona como una de las más reconocidas expertas en cáncer de mama del país, la doctora Astrid Margossian viaja a fin de mes a los Estados Unidos para convertirse en la futura Chief Medical Officer de Sengine Precision Medicine, centro de investigación del cáncer, integrado por científicos del Fred Hutchison Cancer Center, con el asesoramiento del profesor Lee Hartwell, Premio Nobel de Medicina de 2001.

Astrid tiene dos hijos de 26 y 20 años, y tres títulos de especialista en Salud Pública. Se recibió de médica a los 23 en la UBA y trabajó –en principio– ocho años en el Hospital Fernández. Hija de un prestigioso cirujano y especialista en enfermedades mamarias, Juan Margossian, su CV es inmenso.

Cirujana, investigadora, especialista en biología molecular y creadora del primer banco de tumores de mama del país, ahora se dedicará a investigar drogas para realizar tratamientos “personalizados” en la lucha contra el cáncer.Con organoides o cultivos 3D, que replican el tumor a partir de una biopsia, comprueban de manera “extracorpórea” qué drogas funcionan o no, sin experimentar sobre el paciente.

Astrid Margossian posa junto a un cuadro pintado por una paciente. / Germán García Adrasti

Astrid Margossian posa junto a un cuadro pintado por una paciente. / Germán García Adrasti

En la entrevista, repasa sus 25 años de trayectoria y la evolución en el tratamiento del cáncer de mama, uno de los más frecuentes a nivel mundial. Desde las primeras mamografías hechas con RX hasta las cirugías reconstructivas que reemplazaron a las mastectomías y las nuevas técnicas: las plataformas genómicas y los test genéticos que se hicieron famosos a partir del caso de Angelina Jolie. Su paso por la Baylor College of Medicine, de Houston, donde se radicó durante dos años, y la experiencia actual de trabajar con “clones de tumores” para descubrir cuál droga funcionará en cada caso puntualmente. Repasar su carrera implica ver cuánto se ha avanzado en la lucha contra el cáncer.

De cuna armenia

Sus abuelos huyeron del genocidio: “Llegaron acá, sin nada, con una mano atrás y otra adelante. Sobrevivientes todos”. En Buenos Aires, abrieron un negocio mayorista de juguetes, en Once, Casa Margossian, que hoy continúa. “Cuando mi abuelo murió, a los 42 años, mi tío se hizo cargo de la familia. Tendría 15, era el mayor. Se ocupó para que mi papá pudiera estudiar Medicina”, recuerda Astrid.

Juan Margossian finalmente se recibió de cirujano general. Se dedicó a las mamas porque su jefe de Cirugía necesitaba un fotógrafo para “empezar a hacer algo que se llamaba mamografías. Papá era aficionado a la fotografía y aceptó el desafío. Empezaron a sacarles fotos a las mamas con un aparato de rayos adaptado. ¿Te imaginás lo que se veía? Pero ésas fueron las primeras mamos. En los años 60. Antes de que yo naciera”, cuenta.

Con ese equipo “improvisado”, Margossian comenzó a hacer mamografías en el Hospital Piñero, donde estaba su jefe, el profesor Uriburu, “un capo de mamas”, reconoce Astrid.

Astrid Margossian con su padre Juan, reconocido cirujano.

Astrid Margossian con su padre Juan, reconocido cirujano.

En 1972, viajó con su familia a Estrasburgo, Francia, becado para especializarse con el inventor del Senograft, el primer mamógrafo. “Yo era muy chiquita, y me sentaba con papá en el living de casa frente a un negatoscopio. El me tenía de secretaria. Me decía: ‘Esta es una mamografía, éstas son microcalcificaciones’. De chiquitita me encantó todo eso. Sabía que iba a hacer cirugía y me dedicaría a las mamas, porque de verdad me encantaba.”

Fue una auténtica vocación.

Absolutamente. Aparte yo también veía la pasión de mi papá. Me la contagiaba. Siempre me gustó la investigación. Era medio nerd, debo reconocer, durante la adolescencia. Me pasaba todo el fin de semana con el microscopio.

Al año, volvieron a Buenos Aires. A los 16, terminó el colegio. “Empecé la Universidad al toque, en la UBA, cuando había examen de ingreso. A los 23, ya había dado la residencia de Cirugía y operaba en el Fernández, donde estuve casi 8 años. Fui jefa e instructora de residentes de un equipo integrado por varones. Así estuve hasta 1997, cuando me surgió la oportunidad de hacer patología mamaria en un centro privado de fertilidad. En el hospital no había nombramientos y trabajaba gratis. Fue una época oscura”.

¿Cómo se trataba el cáncer de mama en aquel momento?

En la época de papá, te sacaban la mama directamente. No había mucha vuelta. Recién a fines de los ‘80 aparece por primera vez la cirugía conservadora, que propone no hacer una mastectomía, no extraer todo el pecho, sacar un sector de la mama y hacer radioterapia después de la zona. Con esas dos cosas se logran efectos parecidos de sobrevida.

No había reconstrucción…

Antes te extirpaban el pecho y no quedaba nada. Quedaba liso. Esto tenía un efecto tremendo para las pacientes. Hasta le sacaban el pectoral mayor, el músculo: se le notaban las costillas. Era terrible, aparte del dolor. Esto fue hasta hace poco. Yo empecé a hacer las primeras cirugías conservadoras con mi padre, a fines de los ‘80. Ahí cambia la estética de la mama. La llamada cirugía oncoplástica tiene un efecto oncológico, con un resultado estético superior.

Necesario para la paciente.

Por supuesto, pensá en esas chicas jóvenes mutiladas. Aparte eran cirugías difíciles. Después llegaron las reconstrucciones con implantes, expansores. Hoy cada vez operamos menos…

¿Retrocede la cirugía porque avanzan los tratamientos médicos?

Es como que la cirugía se vuelve menos agresiva. Antes, no sólo sacábamos la mama, sacábamos todos los ganglios de la axila. Se llamaba vaciamiento axilar. Con mi papá hemos llegado a sacar más de 40 ganglios de la axila. Las mujeres quedaban muy mal. Se cortaba todo el drenaje linfático. Entonces el brazo y las manos se les hinchaban, no tenían fuerza, quedaban con edemas. No sólo por el vaciamiento, también por la radioterapia posterior. Era traumático.

La doctora Margossian en su biobanco de Houston.

La doctora Margossian en su biobanco de Houston.

¿Cómo se superó esa etapa?

En los ‘90, con la técnica del ganglio Centinela, del doctor italiano Giuliano, usada para melanoma. Se empezó a inyectar un colorante para que circule por el sistema linfático e identifique al primer ganglio coloreado. Si el cáncer va a circular, irá por ahí. Por eso se llama Centinela: es el que avisa. Hice una especialización con el doctor Silverstein, en Los Angeles, quien me entrenó en esto que era súper nuevo. Cuando volví al país, fui una de las primeras en implementarlo, en el ‘99.

También hoy es importante la detección temprana, la prevención.

Claro. Cuanto más chico el tumor y cuanto menos compromiso tengas de los ganglios de la axila, mejor pronóstico. Esto es: menos chances de que el tumor haya pasado a otra parte del cuerpo, que es lo que termina matando al paciente. La mujer no muere de cáncer de mama, sino por la metástasis, que compromete el hígado, el pulmón y otros órganos vitales. Al extraer el ganglio sabemos si el cáncer superó esa barrera o no. Eso fue un gran hito. Para esa época, en el centro de fertilidad Halitus, operé muchísimo. Y empecé mi primera investigación sobre epigenética, el estudio de los cambios que afectan al ADN por fuera. Era el año 2000. Investigábamos algunos genes que protegían del cáncer, pero que cuando tenían alteraciones epigenéticas, dejaban de funcionar. Entonces, el cáncer avanza, crece. A partir de esta investigación, empiezan a pedirme muestras de cáncer de mama, de tumores.

Arranca otro capítulo de tu carrera.

Sí. Nosotros operábamos tres o cuatros casos de cáncer de mama por semana. Teníamos muestras. Hicimos un convenio y empecé a guardarlas para la empresa Epigenomics, con base en Alemania y Seattle, donde voy ahora… Todavía no tenía mi banco. Pero así se inició, con las especificaciones que nos pedían.

¿Qué investigabas en ese momento?

La metilación de los genes. En 2005 y 2008 hicimos dos publicaciones muy importantes. El término viene de metilo, que es un grupo químico. La metilación del ADN hace que un gen deje de funcionar, lo regula. Lo prende o lo apaga. Ese gen te cuida de que no tengas cáncer. Vos lo apagás, lo metilás y el cáncer crece. El mecanismo que estudiamos sirvió para ver si la paciente va a responder o no al tamoxifeno, la droga más usada en el tratamiento del cáncer de mama. Hace 30 años que se emplea. Y se indica durante cinco años a las pacientes con cáncer de mama hormonodependiente, que es el más común. En 2005, difundimos este trabajo en el Congreso Americano de Oncología y los test basados en metilación marcaron un antes y un después. El tamoxifeno es fundamental. Disminuyó la mortalidad del cáncer de mama.

¿Otras razones?

Hay tres factores que inciden en el descenso de la mortalidad. Una, la detección precoz. Dos, el tamoxifeno. Y tres, haber bajado la indicación de terapia hormonal de reemplazo durante la menopausia, además de las nuevas drogas. En el Baylor Collage of Medicine, trabajé con uno de los impulsores de esta medicación, el profesor Kent Osborne, pope del cáncer de mama. El me puso a cargo del banco de tumores. Empezamos de cero. Finalmente, largamos en 2009.

¿Y para qué querían un banco de tumores? ¿Cuál era el objetivo?

El biobanco guarda células del tumor y del plasma. Sirve para comparar las células y cuánto ADN del tumor hay en sangre. Brinda indicadores para el tratamiento. En Buenos Aires, a mi regreso, hice un biobanco en espejo. Cuenta con unas 20.000 muestras de cerca de 500 pacientes, reclutadas desde 2011 hasta julio de 2018. Seguimos en colaboración.

Astrid Margossian en Seattle, con el equipo con el cual trabaja.

Astrid Margossian en Seattle, con el equipo con el cual trabaja.

¿Qué nos espera a futuro?

Lo que un oncólogo quiere cuando hace un diagnóstico es saber qué va a pasar con la paciente, no sólo operarla. Saber cómo la va a tratar: si le da quimio, si hace una operación grande o chica, si saca o no las dos mamas. Los marcadores de metilación dan varias respuestas. También existen otros estudios como las plataformas genómicas, que analizan el ARN (ácido ribonucleico). Son test desarrollados para tumores de mama hormonodependientes. Determinan si es necesaria la quimio y ayudan a reducir su indicación entre un 40 y 60%. Antes, estas plataformas daban un pronóstico a 5 años. Ahora lo dan a10 y dicen si tenés que seguir medicada. Cuestan entre 3.000 y 4.000 dólares. Lo cubren algunas prepagas y obras sociales.

¿Es un estudio genético diferente al de predisposición hereditaria al cáncer, que se hizo Angelina Jolie?

Sí. Cuando Angelina se operó en 2013, fue una explosión. Fui pionera en indicar este estudio. Hemos salvado vidas.

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¿Qué expectativas tenés ahora?

Con el test funcional que realizamos en Seattle, el Test París, analizamos cómo reacciona el organoide a las drogas. Se hace una réplica del tumor en 3D a partir de una biopsia del paciente y se lo testea con más de 200 drogas oncológicas hasta encontrar la adecuada. Pasamos a la era de la medicina personalizada. Logramos “personalizar” el tratamiento. Es lo que viene. Las 3 P: la medicina personalizada, preventiva y predictiva, con tratamientos a medida y un 70% de éxito. Juego en otras ligas y con un equipo de lujo, integrado por la Dra. Carla Grandoni, creadora de este innovador test y miembro del Proyecto Atlas del Genoma del Cáncer, un Premio Nobel y un Pulitzer, Sidarte Murkejee, oncólogo y autor de El cáncer, emperador de todos los males. Uno de sus proyectos es armar un laboratorio similar en Nueva York. El próximo destino es China.

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