Alberto Fernández, el articulador que asoma en medio de un mar de especulaciones

La entronización de Alberto Fernández como precandidato presidencial reúne en sí misma varios mensajes y abre un sinnúmero de especulaciones.

Que la aspirante a vicepresidente haya determinado quién irá como presidente en la fórmula, al revés de lo que sucede habitualmente, genera un interrogante sobre el margen de acción del ex funcionario en caso de llegar a la Casa Rosada.

No se trata de “Alberto al gobierno, Cristina Kirchner al poder” (haciendo un parangón con “Cámpora al gobierno, Perón al poder”), porque, en caso de triunfar, además de ostentar poder, la legisladora sí será parte central del gobierno. Es decir, tendrá cargo y exhibirá un poder radial, extendido incluso hacia el Senado por su doble rol de vicepresidente de la nación y presidente de la Cámara Alta.

Cualquiera que siguió su recorrido político en los últimos años sabe que Cristina no se limitará a “tocar la campanita”, una frase con la que se suele degradar el rol institucional del vice en el Congreso, sino que va a estar en todas y cada una de las decisiones.

¿Tendrá la última palabra? ¿Manejará la lapicera? ¿Mantendrá la centralidad? ¿Dejará gobernar a Alberto o lo harán en sociedad? Néstor Kirchner terminó con las sospechas del doble comando cuando rompió lazos con Eduardo Duhalde y, con ello, hizo desvanecer el apodo de Chirolita. La propia Cristina demostró cintura propia aun cuando su marido desechó la reelección para entregarle el poder en mano.

Habrá que ver cómo funcionará la restablecida sociedad Fernández-Fernández después de diez años de silencio, un silencio —hay que recordarlo— solo interrumpido por Alberto para cuestionar públicamente lo que sucedió cuando él ya no estaba con Cristina en la Casa Rosada, como la implementación del cepo, el aumento de la pobreza y el tratado con Irán, entre otras cosas.

Hoy los dos son carne y uña. Alberto, con título de abogado, aparece como uno de sus principales asesores en materia judicial, un ámbito donde tiene fama de astuto operador. No parece casual el anuncio, efecto sorpresa incluido, justo en una semana en la que Cristina debuta en un juicio oral en el banquillo de los acusados.

Que la senadora haya elegido a Fernández —desde hace un año y medio nuevamente parte de su mesa chica— revela, además, que él tiene chances de lograr lo que ella no, pese a su carisma: enlazar a todo el peronismo detrás de un proyecto de unidad, ampliando así la base electoral. Es una tarea muy cuesta arriba que requiere diálogo y tiempo, lo que explica por qué se anunció ahora la fórmula y no más cerca del cierre de listas, previsto para el 22 de junio.

El ex jefe de gabinete le garantiza la articulación con los gobernadores del PJ —tal cual se evidenció en muchas de las elecciones locales— y con distintas corrientes internas que transitan por fuera de Unidad Ciudadana.

De hecho, fue Fernández el que comenzó hace ya dos años con la idea de una “mesa de unidad” repitiendo: “Con Cristina no alcanza pero sin ella no se puede”, un lema que generó disputas de copyright.

En todo este último tiempo, el ex funcionario hizo el recorrido de una calesita. Del kirchnerismo —del que fue su miembro fundante con el Grupo Calafate— se fue al massismo, no sin antes conversar con el sciolismo, y de allí al randazzismo, para finalmente volver al calor de su vieja amiga Cristina.

Esa particular circulación le permitió explorar su vocación dialoguista hasta menguar incluso la furia acumulada de Eduardo Duhalde, quien después de conversar con Alberto llegó a decir que si estaba peleado con Cristina, ya no se acordaba.

Para el kirchnerismo duro Alberto era el que se fue dando un portazo en medio del conflicto con el campo, insultando a los cuatro vientos a Guillermo Moreno y sin haber resuelto nunca su interna con Julio De Vido. Suelen chicanearlo diciendo que representa al establishment y exhiben como ejemplo su toma de distancia con varios referentes del kirchnerismo que vienen alentando una modificación de la Constitución, entre ellos el ex miembro de la Corte Suprema, Raúl Eugenio Zaffaroni.

Acaso esa composición de aliados y enemigos que le hiciera ganar el mote de traidor hoy redunde en algún beneficio para la nueva cara que busca mostrar Cristina. Es decir, Alberto sería el representante del kirchnerismo soft, destinado a seducir a los sectores que generaron anticuerpos K, y la senadora, acompañándolo en la fórmula, aparecería como garante del proyecto, en clara señal a la militancia más dura, entre la que adscribe La Cámpora.

La propuesta busca retornar a la mística de los orígenes, con la figura de Alberto como la representación de Néstor (no es casualidad que en el video donde anunció la fórmula Cristina recalca que el dirigente fue el jefe de gabinete durante todo el mandato de su marido) y la equiparación de la actual coyuntura a la crisis del 2001.

En el Instituto Patria consideran que Alberto no solo conservará los votos de Cristina, sino que los ampliará, obligando a una reformulación de la estrategia de Cambiemos, en donde confiaban que en el ballotage ni la mala situación económica podría evitar la reelección de Mauricio Macri.

La movida, una confesión del kirchnerismo sobre las limitaciones que presentaba una precandidatura presidencial de su jefa política, sin dudas también tendrá un efecto inmediato en el PJ, a cuyos principales referentes ayer les ardía el teléfono.

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