Alberto, Cristina y el Día de la Escarapela

En una reseña sobre “La lucha continúa”, un libro que Juan Sasturain escribió en 2002, el crítico Rodolfo Edwards publicó en Página/12 que “cuando uno quiere significar un tiempo imposible suele recurrir a frases como el Día de la Escarapela o el Día del Arquero´”. La novela de Sasturain trata sobre la idea de poner la fecha oficial del Día del Arquero, y tiene como protagonista a Pedro Pirovano, un arquero retirado que intenta definir esa efeméride.

La casualidad quiso que algo imposible de imaginar hasta ayer se conociera precisamente el Día de la Escarapela. Lo imposible de imaginar no era que Cristina Fernández declinara su candidatura a Presidente, sino que lo inverosímil que estaba fuera de todo radar era que ese lugar le iba a ser concedido a Alberto Fernández.

Además de la sorpresa, el impacto y el desconcierto de muchos, comenzando por el gobierno, la inesperada jugada de Cristina tiene múltiples puntos de abordaje. El primero es indudablemente de estrategia electoral, que de eso se trata al fin la prioridad en la que en estos días está enfrascada la política. La primera impresión es que se trata de una decisión acertada para el objetivo de ganar una elección.

Si bien habrá que esperar lo que indiquen las encuestas que vayan apareciendo (tan Día de la Escarapela fue, que a ninguno de los encuestadores se le había ocurrido medir un escenario como el que se abrió ayer), difícilmente la unción de Alberto acompañado por Cristina les reste votos del núcleo duro kirchnerista o de los que ya estaban decididos a votarla como un mal menor.

También serán las encuestas las que marquen cuánto de los indecisos que eran potenciales votantes de la ex presidente, o incluso antimacristas alérgicos a ella, podrán elegir la fórmula sorpresa. Pero una simple lógica política y matemática lleva a pensar que no serán pocos.    

Otro punto de análisis se centra en algo que subyace en que Cristina haya optado por Alberto. Lo hizo por el kirchnerista del grupo de origen, de los que en 2003 impulsaron la candidatura de Néstor Kirchner, que desde que se alejó del gobierno más crudamente la criticó. No sólo mientras formaba parte de las filas de Sergio Massa o de Florencio Randazzo, sino que incluso mantuvo esas críticas desde que volvió a ese espacio ocupando un rol central como vocero mediático e integrante de una mesa que sigue siendo tan chica como cuando ella era Presidente.

Hasta la semana pasada Alberto siguió reiterando en público sus críticas al sectarismo, a la soberbia, al verticalismo exagerado y en su momento la trató de terca y psicótica. Cuestionó la política de medios, a los intentos de reformar la justicia, al uso del Congreso como una escribanía, al mantenimiento de impresentables como Guillermo Moreno o César Milani, y al Pacto con Irán. Tampoco se quedó callado, mientras el grueso del kirchenrismo (incluso ella) mantiene culposo silencio, sobre las heridas a la democracia que comete Nicolás Maduro en Venezuela.

Y por lo sensible del asunto, hay que destacar que nunca negó la corrupción del kirchnerismo, si bien fue muy cuidadoso en involucrarla directamente a ella.

Cometen un error político los que recuerdan esos desencuentros con la intención de iluminar incoherencias, camuflajes, cinismo o maquiavélica ubicuidad por parte de Alberto. Sin negar que algo de eso hay en él como en la mayoría de los políticos, la interpretación más interesante de esas idas y vueltas es que al elegirlo Cristina está reconociendo de manera indirecta algunos de los gruesos errores que cometió. Especialmente a lo largo del segundo mandato que Alberto descalifica de manera lapidaria.

Machacar sobre esos desencuentros en el Día de la Escarapela termina siendo un reconocimiento a la capacidad que, por fin, muestra Cristina para recapacitar, reconciliar y construir políticamente, más que una descalificación por incongruencias o contradicciones.

La decisión de Cristina puede llegar a achicar grietas. Muy probablemente dentro del peronismo, pero no habría que descartar que más allá de esas fronteras, si es que un eventual triunfo de la novel fórmula se traduzca en un gobierno que suavice el debate, que lime el maniqueísmo y que matice la polarización con más grises.

Mucho se ha escrito, a favor y burlonamente sobre la posibilidad de que haya un Fernández en el  gobierno y otro Fernández en el poder, en clara referencia al “Cámpora al gobierno, Perón al poder” de 1973. Pero en aquellas turbulencias históricas ambos personajes encarnaban dos proyectos muy diferentes: el socialismo peronista de los Montoneros y el conservadurismo popular del viejo líder. Tan distintos que comenzaron a los tiros y asesinatos y terminaron por facilitar la peor de las dictaduras.

En este caso, más que diferencias de proyectos hay una diferencia de estilo político. Lo que representó en su momento Cámpora no es lo que hoy representa La Cámpora. Es evidente que la propia decisión de Cristina y el rol que Máximo Kirchner está ejerciendo en la mesa chica van en sentido de disciplinar a la militancia talibán que ella misma promovió durante su mandato, sin que esto sea garantía de neutralizar focos de fanatismo e intransigencia.

Más allá de todo esto, quedan más preguntas que certezas. ¿La nueva realidad diluirá a Alternativa Federal, o el peronismo anticristinista de Juan Schiaretti, Juana Manuel Urtubey, Miguel Angel Pichetto y Roberto Lavagna insistirán con una tercera vía, tal vez potenciada con el agregado de los radicales disidentes, el socialismo y los margaritos? ¿Sergio Massa terminará acordando con el kirchnerismo o seguirá pensándose como alternativa? ¿Cuál será el contraataque del oficialismo? ¿El Día de la Escarapela resucitará el plan V o Macri irá a matar o morir?

La nueva realidad podría llegar a tener consecuencias paradójicas a favor del oficialismo. Si es que la candidatura de Alberto despeja algunos fantasmas del establishment financiero, eso podría distender las tensiones en la economía a favor del gobierno.

Sería una paradoja análoga a lo que sucedió en 2015, cuando la esperanza que el poder económico depositó en un triunfo de Macri ayudó a que Cristina y Kicillof llegaran al 10 de diciembre con menos presiones del poder económico  que se entusiasmaba con la posible llegada a la presidencia de uno de los suyos.

Algunas de las preguntas pendientes se dilucidarán el próximo 12 de junio, que curiosamente es el Día del Arquero, en homenaje al natalicio de Amadeo Carrizo, aquel gran guardameta de River.

Tal vez, ese día suceda algo tan imprevisible como lo que ocurrió el Día de la Escarapela.

Y aunque no tiene efeméride alguna, quizás de aquí a las elecciones tengamos un día en que las vacas vuelen y alguna nueva sorpresa impacte nuevamente a un país en crisis que no deja de asombrar.

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