A 25 años de su muerte, la fabulosa historia de amor y odio de Jackie Kennedy y un legendario paparazzo

Jacqueline Bouvier, también Jackie Kennedy Onassis, camina por la Quinta Avenida de New York.

De pronto, un golpe de viento agita su pelo, que le cubre en parte casi la mitad de la cara.

Un ¡click! no deja escapar la escena.

Hoy, a 25 años de su muerte (19 de mayo de 1994), y ad infinitum, esa foto está en Museo de Arte Moderno (MoMA) de la Gran Manzana, y fue juzgada por expertos como “la mejor de los millones que le tomaron”.

Créase o no, esa instantánea –palabra un tanto antigua…– no fue casual ni obra de un oportunista auxiliado por la suerte. No fue un serendipity. Fue la síntesis, el corolario de una larga historia de obsesión, amor –¿por qué no?–, paciencia, ojo avezado, odio, juicios en tribunales, y la consagración definitiva de Ronald Edward Galella, hoy a punto de cumplir 87 años, y elevado al altar de “Mejor Paparazzo del Mundo”, y pionero norteamericano de los paparazzi, esa raza especial y sacrificada cuyo apodo inmortalizó Federico Fellini en La Dolce Vita (1960): Paparazzo era el apellido del fotógrafo que acompañaba a Marcello Mastroianni en sus correrías de cronista por las noches romanas de la Via Veneto.

La historia empezó en 1967… No: mejor el 10 de enero de 1931, en Brooklyn, día y año en que nació Ronald, hijo de un inmigrante del sur de Inglaterra y de una hija de inmigrantes nacida en New Jersey.  Con estudios secundarios completos y una beca universitaria, abandonó la chance por su terror hacia las matemáticas, y se eligió fotógrafo.

Fogueado como tal en las operaciones de la Fuerza Aérea en la guerra de Corea, se perfeccionó en fotoperiodismo en 1958 en el Art Center College of Design, Los Ángeles, y empezó a registrar a las estrellas que arribaban para los estrenos de películas, vendiéndolas a revistas: National Enquirer, Photoplay, Vanity Fair, The New Yorker… Un modo de vida sin grandes sobresaltos…, hasta que apareció el oscuro objeto del deseo: Jackie Kennedy Onassis. La viuda de América.

Fue un día de 1967, en New York. Le tomó una foto en la Avenida Madison, y el ¡click! resonó más en sus ojos y en su alma que en el mecanismo de su cámara. Fue obsesión. Pasión. Acaso amor a primera vista. Posesión.
Como si hubiera dicho “esta mujer es mía”, empezó a seguirla a sol y sombra. Por supuesto, por necesidad económica, sin abandonar a otras celebrities.

Su carrera, definida en partes iguales por paciencia y audacia, le costó sangre.

Marlon Brando lo golpeó en la puerta de un restaurante de Chinatown: fractura de mandíbula y cinco dientes volados. Lo demandó y ganó: 40 mil dólares…, y no abandonó a Brando. En adelante lo persiguió con un casco de fútbol en la cabeza.

Un guardia de seguridad de Richard Burton le arrancó otro diente. Un custodio de Elvis Presley, le tajeó los neumáticos de su auto.
Los guardaespaldas de Brigitte Bardot fueron piadosos: por lo menos lo dejaron vivo… Sean Penn, bicho de pocas pulgas, lo escupió y le acertó un cross a la mandíbula.

Pero esos gajes lo inmutaban poco o nada. Lo importante es que sus fotos, alabadas por Andy Warhol, decoraban cada vez más revistas: People, Rolling Stone, Life, Harper´s Bazaar, Newsweek

Y que su objeto del deseo, Jackie, y cada foto de ella, eran triunfo, y bálsamo para los golpes. La relación amor de él–odio de ella duró… ¡quince años! Y siempre al borde del peligro, ya que ella –verdad histórica– derribó a un fotógrafo de un puñetazo.

Un día entre los días –o las noches–, harta, le gritó a uno de los guardaespaldas del Servicio Secreto:
–¡Rómpanle la cámara! ¡Así no me molestará más!

Escapó de esos gorilas por muy poco: lo salvó un taxi providencial.
A veces, cuando su presencia podía ser fácilmente detectada por ella, acudía a disfraces. En su valija de cámaras ocultaba un sombrero, anteojos negros, bigotes postizos…

Por fin, en la Avenida Madison, la policía le echó mano. Juicio. Ron Galella, en el banquillo. Pero una brillante defensa invirtió los tantos, y Jackie fue demandada por atentar contra la libertad de trabajo. La mujer –una pantera, a veces– lo contrademandó por acoso.  Escándalo. El juicio, ante la Corte Federal, fue una larga batalla: ¡veintiséis días! Un bombón para la prensa. Un show gratuito para decenas de curiosos.

Fallo: perdió Ron. Que declaró al salir: “No podía ganar. El juez era amigo de John Kennedy, y fue fiel a su memoria”. (El presidente había sido asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963)

Sentencia: se le prohibió acercarse a Jackie a no menos de 45 metros. Ron pudo aceptar el castigo: los teleobjetivos bien podían romper esa muralla invisible. Pero no cejó. Apeló, y los 45 metros fueron reducidos a 7…

Lentamente, Ron fue abandonando su obsesión. Su mujer y socia del negocio, Betty Burke, murió mientras dormía el 9 de enero de 2017. Tenía 68 años.

Ron la recordó así en el funeral: “Cuando Betty compró por primera vez mis fotos y me dio las credenciales por teléfono, me enamoré de su voz. La conocí en persona dos años después, en 1978, en el Centro Kennedy, estreno del film Superman, y le dije `Voy a casarme con vos´. Cinco meses después, fuimos marido y mujer”.

Los números de Ron abruman. A ojo de buen cubero, y sólo a famosos, ¡tomó más de tres millones de fotos!

Lo mejor de su obra se exhibió en 55 exposiciones y galerías, incluidos el Museo de Arte moderno de New York, la Tate Modern de Londres, y la Fundación Museo de la Fotografía de Berlín.

Publicó 17 libros con sus fotos e historias. Y 17 autores se ocuparon de su obra calificándolo, sin fisuras, como el cazador más famoso del planeta.
Casi retirado, aún registra escenas en actos culturales.

Pero sin duda, el recuerdo de sus 15 años detrás de Jackie todavía le enciende la sangre…

(Nota publicada originalmente el 24 de diciembre de 2018)

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