Lo que el dinero no debería comprar según Michael Sandel, un Sócrates de la era digital

El profesor de Harvard Michael Sandel, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018, reivindica el papel del diálogo filosófico para revitalizar la democracia y frenar el poder del dinero.

El 24 de mayo pasado, unas cuatrocientas personas, entre estudiantes, profesores y público interesado, vivimos en directo una experiencia filosófica genuina en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Tras ser distinguido por la Red Española de Filosofía por su ingente labor de dinamización, difusión y proyección global de la disciplina, Sandel desarrolló en diálogo abierto con el público, especialmente con los estudiantes, un ejercicio de razonamiento moral acerca de Lo que el dinero no puede comprar».

Los tres ejemplos proporcionados por Sandel fueron la conservación de las especies animales en peligro de extinción, la acogida de refugiados y la subrogación comercial de úteros.

La audiencia se pronunció a favor o en contra de su mercantilización y a partir de ahí se desencadenó el debate. Una joven interviniente propuso, además, otro caso de análisis: el mercadeo de las emisiones de CO2 entre países ricos y pobres con el fin de afrontar el cambio climático.

La advertencia de Sandel es que no es lo mismo la economía de mercado, entendida como un instrumento eficiente para la distribución de bienes y servicios, que la deriva actual en «sociedades de mercado» en las que se presupone que todo puede ser vendido y comprado al margen de su valor intrínseco y de su relevancia moral.

La mercantilización masiva es un cheque en blanco para que los ricos hagan valer sus prerrogativas y para que las desigualdades sociales y globales crezcan desmesuradamente. El ejemplo de cómo en determinadas guarderías de algunos países se hacía pagar multas a los padres y madres que se retrasaban al recoger a sus infantes mostró cómo el dinero corrompe las obligaciones morales: «Si pago la multa, compenso mi responsabilidad parental». La iniciativa tuvo que ser cancelada porque los padres, pagando, sentían justificados sus retrasos y desoían el deber de recoger a tiempo a sus pequeños.

La tesis del filósofo Sandel, avalada por las analogías entre los casos expuestos, quedó claramente formulada: la mercantilización de determinados ámbitos regidos por normas morales los arruina y los corrompe.

Especialmente sensible a la mercantilización es el asunto de la reproducción humana. La mayoría de la audiencia manifestó su rechazo, a mano alzada, a la llamada gestación subrogada. Crear un mercado de bebés por encargo desvirtúa la lógica moral que rige la maternidad y la paternidad.

No es posible, en suma, cercenar la moralidad de la economía. En la tradición de negar la neutralidad valorativa de la ciencia, Sandel converge con la vieja tesis de Habermas sobre la colonización del «mundo de la vida» por el sistema –el dinero y la burocracia– y llama activamente a consensuar qué ámbitos y prácticas sociales deben subsistir al margen del tsunami causado por la globalización neoliberal y su desbocada expansión comercial. La misma filosofía, una herramienta orientada al bien común, no debe ser arrinconada por el cortoplacismo de la rentabilidad.

El profesor de Harvard, un nuevo Sócrates en la era digital, defiende el valor de la filosofía para desentrañar nuestros conflictos morales y políticos y para cimentar el arte del debate y de la deliberación democrática. Un arte cívico que requiere paciencia, atención, análisis riguroso de argumentos, detección de falacias y ejercicio comunitario de nuestra capacidad para razonar juntos.

Hace unos días, decíamos, vivimos en Madrid, con Michael Sandel, no solo una experiencia filosófica genuina, sino también una renovación de nuestra creencia en la misma democracia. Poner coto al poder del dinero es una obligación cívica y política.

Por María José Guerra Palmero, Universidad de La Laguna, y Stella Villarmea, Universidad de Alcalá

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