La sorprendente tarea de un abogado espacial: de choques de satélites a litigios por chatarra flotante

Dos años antes el presidente Ronald Reagan había creado el proyecto Maestros al espacio para promover entre los jóvenes el interés por la ciencia y la exploración espacial. La profesora, de 37 años, que había sido elegida entre 11 mil, daría clases desde el espacio y los alumnos la verían desde la Tierra.

— Ese es mi primer recuerdo del espacio, ver en los noticieros cómo explotaba el Challenger. ¡Iba una maestra adentro! Me preguntaba: ¿Y ahora qué pasa? ¿Dónde están? Los astronautas no se mueren, como los superhéroes.

El nene de 9 años que miraba en la tele de un departamento del barrio porteño de Palermo cómo el Challenger se hacía pedazos se llama Juan Cruz González Allonca y hoy es abogado espacial.

— ¿Quiénes son tus clientes?

— (Ríe) Son empresas de telecomunicaciones. Me dedico principalmente a la investigación y a la docencia.

— Si un satélite choca con otro, ¿vos entras en acción?

— Sí, me dicen: “Tengo un problema, choqué. ¿Qué hago?”.

— ¿Cómo se demuestra la culpa en el espacio?

— Es difícil de demostrar la culpa en el espacio porque es difícil demostrar la culpa cuando hay un choque en la calle (ríe). Lo primero que se hace en el espacio es garantizar una cobertura de seguros. Todos los satélites están asegurados. Ese seguro cubre el despegue, la puesta en órbita y la operación.

— Por vía diplomática. Puede ser el caso de que choquen dos satélites o que uno sufra un daño o que se caiga un pedazo de satélite en tu casa y te rompa el techo.

— ¿Hay una especie de tribunal de “La Haya espacial”?

— Claro, y funciona en La Haya. No es el mismo tribunal pero es un área.

— ¿Qué hay hoy flotando en el espacio?

— Hay aproximadamente 1600 satélites activos y el resto es basura.

— ¿Cuánta basura hay?

Son más o menos 20 mil y pico de pedazos de chatarra que son trackeables, se los puede monitorear, sabemos dónde están y las trayectorias que tienen y si hay que correrse para evitar chocar. El resto son pedazos muy chiquititos de basura. A diferencia de lo que solemos pensar, que el espacio es un lugar infinito, las áreas útiles para la humanidad son pocas, la órbita baja, la órbita geoestacionaria y la órbita media. Se congestiona, más ahora que es muy fácil acceder al espacio porque el avance científico y tecnológico permite construir satélites más rápido y más barato.

En el sitio Stuffin Space se puede ver la basura en vivo. Cada chatarra es identificable. Al posarse sobre una aparecen los datos: es un trozo de tal cohete, de tal satélite.

— ¿Hay multas para la basura espacial?

— No. Lo que hay son directivas o buenas prácticas para la gestión de los satélites. En la órbita baja lo que se les recomienda a los países y a los constructores de satélites es que conserven una cuota de combustible para, cuando esté por terminar su vida útil, puedan ejecutar maniobras de reingreso a la atmósfera y destruirse ahí. Los que están en la órbita geoestacionaria, que es a 36000 kilómetros, ya no los podemos hacer volver porque es imposible. Entonces lo que se busca es que vayan a una órbita cementerio que está a 400 kilómetros.

— ¿Están ordenando la basura?

— Claro. 400 kilómetros más alejados de esa órbita. Son como estacionamientos. Cuando un satélite ya está por terminar su vida útil hay que correrlo para que pueda ir otro.

En enero de 1978 un satélite artificial soviético cayó en el noroeste de Canadá. Un mes antes ya se había advertido que estaba fuera de su órbita y que se acercaba peligrosamente a la atmósfera terrestre. A bordo, el Cosmos 954 llevaba uranio enriquecido. Sobre los hielos canadienses se desparramó la radiación. Canadá inició acciones legales por vía diplomática para que lo resarcieran de los daños, la limpieza y la contaminación del suelo.

Desde ese episodio a hoy el espacio multiplicó la basura. Estados Unidos, Rusia y China son los mayores productores de chatarra espacial y Elon Musk, el dueño de SpaceX, se proyecta como el mayor cochino: “Él propone lanzar constelaciones de 3000 satélites. Si no se piensa de forma sustentable puede ocasionar muchísimos problemas. Lo que se lanza puede tardar 10 años en reingresar a la atmósfera”.

— A un hombre como Musk y a su plan, ¿hay una ley que le diga que no puede hacerlo?

—No hay una prohibición legal que diga que no puede lanzar tantos satélites.

— ¿Es real el proyecto de una nave que pueda disparar una red, atrape toda la basura y la arrastre hacia la Tierra?

— Es real. Hay una red y hay otro proyecto que es un arpón. Son satélites o sondas que lanzan una red para traer de vuelta a la atmósfera la basura y que se destruya en el reingreso. El debate en torno a eso y a toda la actividad espacial es que puede ser de uso dual: un cohete que lanza un satélite puede ser también un misil. Un satélite de observación de la Tierra también puede ser un satélite espía. Por eso no se llega a un acuerdo en cómo limpiar. ¿Vos lo querés limpiar o querés atrapar un satélite mío y dejarlo fuera de servicio? Además, como los países conservan el control de la jurisdicción sobre los objetos que están en el espacio aunque estén fuera de servicio, habría que pedirle permiso a cada país para limpiar aunque fuera sólo un pedacito de basura de satélite.

— ¿El Derecho Espacial contempla la vida extraterrestre?

— Sí. La humanidad está buscando vida extraterrestre desde hace 50 años con el Proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence). Un grupo de abogados hace muchos años se puso a pensar qué pasaría cuando llegara una señal de que existe vida fuera del planeta Tierra. Hicieron el Protocolo de Post Detección de Inteligencia Extraterrestre. Se pensó: ¿se contesta o no? Si se contesta, ¿quién lo hace? ¿En nombre de quién? También cuáles serían las normas que van a regir esa relación, porque los derechos humanos ya no corren.

— ¿Qué derecho se aplica?

— Normas básicas de diplomacia ante lo desconocido que se nutren del Derecho Romano. Lo que hacían los romanos cuando conquistaban otra civilización que tenía otro idioma, otras costumbres, otra religión.

El 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik 1. Así, las fuerzas que los soviéticos medían con Estados Unidos se trasladaron fuera del planeta. La carrera espacial había comenzado.

En plena Guerra Fría, en 1967, ambos países firmaron el Tratado sobre el espacio ultraterrestre. En términos legales, una suerte de Constitución y una amnistía: prohíbe a cualquier gobierno apropiarse de la Luna, cuerpos celestes y cualquier cosa que siquiera se les ocurriera en el espacio.

Por esa Constitución se rigen todos los países que tienen, a su vez, su propia legislación. En Argentina hay un Registro Nacional de Objetos Lanzados al Espacio. “Es como el Registro de la Propiedad Automotor pero para satélites. Como el espacio se gestiona y se gobierna a través del Derecho Internacional Público los responsables de todo lo que pasa ahí son los países. Si el satélite que lanzó una empresa privada argentina choca contra un satélite norteamericano, el responsable es el Estado”, explica González Allonca, fundador de www.derechoespacial.org y uno de los sólo cinco abogados espaciales que hay en el país.

— ¿Quién es Gregory Nemitz?

Es un señor que se auto proclamó propietario del asteroide Eros 433, un asteroide donde aterrizó una sonda de la NASA en 2001. Un año después de ese aterrizaje la NASA recibió una factura por el estacionamiento con una tarifa de 20 dólares diarios. La NASA le contestó que no le iba a pagar. Nemitz insistió y llevó el caso a la Justicia. Llevó 3 años y la intervención de dos tribunales para desestimar definitivamente esa demanda.

— Lunar Embassy es una empresa que vende parcelas en la Luna. ¿Le cabe alguna sanción legal?

— No, es difícil. No sé dónde estarán radicados, posiblemente tenga algún reclamo ahí.

— Sí, es muy precario. Lo que hace es vender souvenirs. Tanto él como Nemitz se agarran del artículo 2 del Tratado, que prohíbe la apropiación del espacio, de la Luna y de cualquier cuerpo celeste por parte de los países, pero nada dice de las personas físicas o jurídicas, o empresas. El tema es que el Derecho tiene un principio que es el que no puede lo más no puede lo menos. Entonces, si un Estado no puede hacer algo menos lo puede hacer una persona o una empresa.

Así como la ley electoral quedó obsoleta en cuanto a la veda –el texto aún no contempla las redes sociales–, los tratados internacionales no hablan de la minería de asteroides y ya hay dos grandes empresas: Planetary Resources y Deep Space. “Ellos no dicen ser dueños del asteroide, dicen que lo que extraigan es suyo. Hay dos leyes que los habilitan, una en Luxemburgo y otra en Estados Unidos. Ante el vacío legal que hay en el marco internacional siguen invirtiendo. Ahora están buscando lo que llaman ‘asteroides candidatos’: asteroides que sean factibles de extracción de minerales y de agua. Se busca usar a los asteroides como estaciones de servicio donde cargar, por ejemplo, agua. El límite que tenemos los humanos para explorar el Sistema Solar es que todo lo que necesitamos lo tenemos que llevar de la Tierra. No tenemos forma de extraer agua de la Luna”.

En febrero de este año el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, encargó al Pentágono la redacción de un proyecto de ley que se tratará el próximo mes. Si se aprueba, Estados Unidos habrá creado su “Fuerza Espacial”. Así, Trump busca proteger sus satélites contra ataques por colisión o por un misil. “Nuestros adversarios están en el espacio, nos guste o no. Nosotros también. Esta será una gran parte de las actividades defensivas y ofensivas de nuestro país”, dijo.

Pero hay algo más que defenderse de choques. Según González Allonca, “siempre existió presencia militar en el espacio, satélites espías, satélites de comunicaciones, GPS. Lo que está pasando ahora es que hay más presencia militar y se están ensayando armas. India lanzó este año un misil que destruyó un satélite propio. Rusia y China probaron satélites que chocaron unos contra otros. Están probando armas en el espacio para que el espacio se convierta en un campo de batalla eventualmente”.

—¿En qué estás trabajando ahora?

—Hay satélites a 600 kilómetros de altura sacando fotos sin nuestro consentimiento. Tienen cámaras muy potentes, como si fueran telescopios apuntando a la Tierra.

— ¿Nos están viendo, desde 600 kilómetros?

— Sí. No te van a sacar una foto de la cara pero te ven.

— Se habla frecuentemente de conflictos con los drones y la privacidad. ¿Cómo se pueden quejar las personas de esto y dónde?

— Claro, la ley de protección de datos personales regula eso, la captura de datos personales a través de vehículos aéreos no tripulados. En el espacio no existe eso: ahí la ley argentina no corre.

— ¿Cómo se puede saber si nos están tomando fotos, por ejemplo, de nuestros patios?

— Hubo un caso de un señor en Estados Unidos. Su hijo había sido asesinado en Los Ángeles. El cadáver estaba al costado de una vía. Esa foto salió en Google Earth. El papá sabía dónde había sido el asesinato: se metía y lo veía. Veía la figura, el cuerpo y alrededor un montón de policías. Era su hijo. Cada vez que entraba sabía que lo vería. Entonces pidió a Google que removiera la imagen. Esa fue una imagen satelital. Los satélites que usa Google y otras empresas de observación de la Tierra tienen prohibido comercializar imágenes con una resolución menor a 25 centímetros. Esos satélites no le pueden vender a un privado fotos menores a esa resolución, pero están capacitados para tomar fotos de resoluciones aún menores, más cerca. Los servicios de inteligencia las compran.

— Un satélite no sacará una foto de mi cara, ¿pero qué pueden llegar a ver de mí?

— Quizá no tu cara, pero sí tu silueta, tu color de pelo. Si empezaste una obra, si pintaste el piso de tu terraza.

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