La precariedad del sistema político y sus coaliciones flotantes

En el curso de los últimos meses el sistema político mostró su rostro más desquiciado -el mercadeo, las coaliciones flotantes, y el “largo adiós a los partidos políticos” sobre el que escribiera Beatriz Sarlo-. Aunque subsista, atrás quedó el mercado político que singulariza a las democracias liberales, en cuanto organiza el sistema de competición electoral.

El mercadeo se instaló en la política argentina, con sus disputas y acuerdos, el toma y daca entre candidatos de las diversas fracciones, algo que resulta tan visible en la escena pública y tan poco gratificante para la ciudadanía, que pone en evidencia el aumento del escepticismo, la ira o el hastío. No hay que olvidar que se gobierna en una situación de visibilidad permanente, como los hechos lo demuestran cotidianamente en nuestro país.

La “democracia de trueque”, que evoca un suelo de malestar, se ha instalado en la política argentina, que no se sustenta ni en principios ni programas. La política actual conjuga el extraordinario poder personal de algunos de sus dirigentes más destacados (Miguel Pichetto, Alberto Fernández, supuestos garantes de la previsibilidad) con la implosión de los partidos. En la medida en que la institución partido se diluye y se organizan coaliciones electorales, se acentúa la personalización del poder. Es un punto de fractura en un sistema en el que los partidos, desde hace tiempo, dejaron atrás las funciones indeclinables de ordenamiento político.

En muy pocos años, el sistema político entró en un proceso de opacidad manifestado por ciertos rasgos bien definidos: la exaltación de los liderazgos personales, la disgregación partidaria, la desconfianza ciudadana hacia la política, el aumento continuo del clientelismo, el prebendalismo, y la corrupción en la cumbre. Hay tres momentos históricos significativos de esa constelación en incesante transformación: la primera, el “bipartidismo imperfecto”, que se expresa desde 1983 con la disputa entre peronistas y radicales; la segunda, con la aparición de las coaliciones a partir de 2003, que orbitan, principalmente, en torno los rótulos de radicales y peronistas, como una clara respuesta a la fragmentación del régimen de partidos; la tercera, las coaliciones volátiles de estos meses, que es una suma inestable de fragmentos partidarios que se entremezclan y, sobre todo, por el poder que radica en candidatos competitivos.

Se trata de coaliciones “atrapa todo”, caracterizadas por volver irrelevante la pertenencia política del dirigente, que corre tras la mera lucha por el poder. La diferenciación política no cuenta, a un tiempo que exhiben un escaso componente narrativo, coyuntural y pragmático, encarnado en candidatos políticamente itinerantes. Quizá el ejemplo más notorio sea el de Sergio Massa, que ahora integra uno de los extremos de la polarización y en su momento fue uno de los artífices de la tercera alternativa.

La escena electoral en la que estamos inmersos agudiza la descomposición del sistema de fuerzas que alteró el paisaje político, por los desplazamientos de ciertos dirigentes sin el menor pudor y casi sin ninguna dignidad. El único propósito es vencer y conservar el poder, el bien común no existe. Lo que involucra a esos actores son los fines individuales y grupales. La mayoría de los hombres políticos se muestran absorbidos por la competencia electoral, por el juego político agonal, por su propio sostén, y desorientados estratégicamente por la propia maniobra política.

Esas coaliciones flotantes enarbolan el discurso de la unidad nacional, desde la parcelación, sin arribar a un acuerdo estratégico, sin encontrar el inexistente signo de unidad, en un mundo atravesado por la diversidad, la diferencia y el conflicto. Otra cosa es alegar la vinculación al Estado democrático con su “comunidad histórica”, con un mundo en común, con metas compartidas, con la esperanza de todos. Es el deseo de vivir juntos en una comunidad histórica, la que debe producir sentidos políticos colectivos, sin caer en una simple retórica, ni someterse sólo a criterios electoralistas.

La búsqueda del consenso político no es la “unidad nacional” ni aún invocando a la diversidad. El consenso político esencial reside en el acuerdo entre gobernantes y gobernados para respaldar los derechos fundamentales y sus políticas de largo plazo.

¿Cómo unir a la ciudadanía en torno a proyectos comunes? Vivimos en una sociedad fragmentada en lo político, desmembrada en lo social y en lo económico, y poco entusiasmada. Con estas alianzas flotantes, de hoy y desde antes también, con rótulos que no significan nada, la política se vacía de proyectos y, lo que es peor, de proyectos de futuro. Esas alianzas se instituyen en torno a un jefe y no con partidos políticos. Las políticas de progreso deben hacer frente a la crisis de la inmediatez, pero al mismo tiempo encarar las tareas estratégicas del futuro.

Es conocido que los regímenes presidencialistas ofrecen, en general, menos incentivos que los parlamentarios para la organización de coaliciones estables. Sin embargo, una experiencia significativa de coalición de gobierno en la Argentina es la del Frente Progresista de Santa Fe. El éxito de una propuesta de coaliciones presupone un aprendizaje de convivencia política y una forma de hacer política que examine críticamente sus prácticas, e instale un debate fecundo en el espacio público.

Con el armado de las últimas coaliciones nacionales se produjo un notorio cambio de escena. Dudo que de esa extrema polarización electoral germine un sistema político estable y previsible, que admita otra mayoría alternativa. La democracia no está en peligro, pero persiste una situación de decadencia de largos años. Su principal carencia se muestra en las desigualdades múltiples y persistentes y en la inexistencia de una fuerza con voluntad de reforma estructural.

Hugo Quiroga es politólogo. Profesor de las Universidades de Rosario (UNR) y Litoral (UNL).

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