Esos extraterrestres de la Grecia antigua

Luciano de Samósata nació en Siria, pero vivió el suficiente tiempo en Atenas como para ser considerado tan griego como sirio. Por otra parte, amo y señor de la retórica (campo en el que escribió un famoso “Elogio de la mosca”), escéptico, agudo, detestaba la mentira, pero a menudo la veía en textos que se autoproclamaban “verdaderos”, como algunas de las historias de Heródoto. Por una parte, escribió un texto sobre “Cómo ha de escribirse la historia”, por otra, también difundió diálogos satíricos y morales y un texto autobiográfico: “El sueño o Vida de Luciano”. Buena parte del tiempo la pasó al principio recorriendo las ciudades griegas, para dar conferencias de muy distinto tipo. Luego se asentó en Atenas, donde aprendió a dominar el idioma y la cultura griegos.

Lo acosaba un temor: perder la capacidad de ver y disfrutar de la belleza y el bien, por el fastidio que le daban las numerosas fealdades y mentiras que lo rodeaban. Escribió: “Odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios; y a toda la raza de los malvados, que son muchísimos. (…) Pero conozco también a la perfección el arte contrario, o sea el que tiene por principio el amor: amo la verdad, la belleza la sencillez y todo lo que merece ser amado. Sin embargo, para muy pocos debo ejercer ese arte, mientras que para muchos debo ejercer el opuesto; y así, corro el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de conocer demasiado el otro”.

Su estilo y sus ideas ejercieron a lo largo del tiempo una amplia influencia sobre otros “influencers”: Erasmo, Quevedo, François Rabelais y Jonathan Swift. De una obra escurridiza e importante se destacan sus Relatos verdaderos, difundidos en el siglo II. Fueron considerados más tarde como el origen de la ciencia ficción (hay vuelos espaciales, islas flotantes, extraterrestres), opinión discutida y discutible. Ahora han sido editados por el sello local Walden, en una traducción nueva de Mariana Franco San Román y Roberto Jesús Sayar, precedido por un prólogo de Martín Felipe Castagnet.

Luciano leyó diversos textos sobre viajes “verdaderos”, donde la base en la realidad a veces era mínima, de oídas. “Después de haber leído a todos ellos, no los censuro demasiado por mentir”, dice. Y ejerce el movimiento inverso: “me dispuse a dejar algo para la posteridad, a fin de que no fuera el único sin licencia con mucha más sensatez que los otros”. Y agrega: “voy a ser honesto al decir esto, que miento. (…) escribo acerca de cosas que ni vi, ni experimenté, ni escuché de otros. Además, de ningún modo existen ni podrían existir. Es preciso que aquellos que frecuenten este texto de ningún modo confíen en él”.

Pero en cuanto se pone a contar, inevitablemente la fluidez de las aventuras, el modo en que resuenan con ecos de aventuras marítimas “verdaderas” (esta vez en el cielo), van generando, si no la verdad, sí un “verosímil” fuerte. Sobre todo en el primer relato. Desfilan no solo islas y razas extrañas, sino modificaciones importantes de la biología. Hay hombres llamados “arbóreos”, por ejemplo, que nacen de extraña manera: se corta el testículo derecho del hombre, se lo planta en tierra, y de él nace un árbol hecho de carne. Su fruto son las bellotas, de gran tamaño. Cuando maduran, se cosechan, y se saca a los hombres de la cáscara. Sus órganos sexuales son artificiales: de madera, de marfil. Cuando envejecen no mueren. Se disipan en el aire.

La gran originalidad de esta primera parte es que Luciano se esfuerza, y logra a menudo, crear un “efecto-verdad” a partir de descripciones fantásticas, pero que, más que surreales, pertenecen a otros mundos.

El narrador y la tripulación eligen bandos cuando dan con dos grupos en pugna, obedecen o se oponen al rey local, sin detener su marcha. En un reflejo bíblico fuerte, terminan devorados con nave y todo por un monstruo marino: “el más grande de todos medía como mil quinientos estadios de tamaño”.

El segundo relato (o “Libro II”) cae más francamente, sobre todo en la primera mitad, en una de las costumbres de los textos de la época: larguísimas listas de nombres de personajes históricos o inventados, mitos, etc., que a su vez se duplican fielmente en las notas al pie. El tono narrativo regresa cuando parten en navegación. Allí Odiseo se escabulle para no ser visto por Penélope, y le entrega al narrador “una carta para llevársela a Calipso”. Volviendo a las aventuras, alcanzan a ver otros personajes, castigados por haber mentido durante su vida, o por no haber transcripto la verdad, “como lo habían hecho Ctesias el cnidio Y Herótodo y otros muchos. Observando a estos”, agrega, “tuve felices esperanzas para el futuro, pues sé perfectamente bien que no dije nada falso”.

Cuando se acerca a la cueva de Calipso, abre la carta que debe entregar (permitiendo así que la conozca el lector). Fiel al tono de chisme, allí Odiseo se arrepiente de haber vuelto a la vida cotidiana (y su verdad) y promete: “apenas tenga oportunidad, me voy a fugar y voy a ir junto a ti”. Cuando se acercan finalmente a tierra, el narrador hace un repaso y promete: “lo que sucedió en la otra tierra lo narraré en los libros a continuación de este”. Pero ese momento no llegó. Tal vez porque Luciano estuvo demasiado ocupado en sus múltiples ocupaciones de autor clásico pero un tanto lateral, ácido, ingenioso, travieso, por momentos deprimido por el imperio de la mentira en los textos apócrifos de su época.

Relatos verdaderos, Luciano de Samósata. Trad. Mariana Franco San Román y Roberto Jesús Sayar. Walden Editora, 80 págs.

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